17/3/12

El Cuarto Mandamiento



The Magnificent Ambersons, Orson Welles, 1942, EEUU, Joseph Cotten, Dolores Costello, Tim Holt.

Cuando se habla o escribe del segundo largometraje de Orson Welles es ineludible hacer referencia a la fase del montaje del mismo. En ella, se añadieron escenas, se suprimieron otras e, incluso, se cambió el final, hecho que debe ser muy tenido en consideración por afectar a la propuesta ( y, obviamente, a su resultado) de uno de los grandes realizadores del medio. Esta mutilación de la obra no es óbice para reconocer, por una parte, los indiscutibles méritos que esta atesora pero, por la otra, le confiere un carácter confuso que la hace extraña y un tanto difícil.

Welles se acerca a un material que ya conocía por haberlo adaptado en su programa radiofónico, la novela ganadora del Pulitzer escrita por Booth Tarkington de título homónimo y que había sido llevada al cine con anterioridad a mediados de los años veinte, erigiéndose como guionista, co-productor y director y reservándose, además, las funciones de narrador del relato. De este modo, podemos inferir el cariz personal del proyecto, viso que el propio cineasta confesó años más tarde al reconocer ciertos elementos autobiográficos en el libro de Tarkington y condición que no impidió lo que aconteció en la etapa de post-producción del filme. En ese momento hay que recordar que el genial autor, que había desembarcado en Hollywood a través de la RKO y había conseguido firmar en Agosto de 1939 un contrato con este estudio que le otorgaba una libertad creativa sin parangón en el mundillo, se encontraba haciendo frente a varios compromisos como su actuación en Estambul, película en la que ejerce, asimismo, labores de producción ( y según muchos, de dirección) y el rodaje de un film destinado a mejorar las relaciones de los EUA con América Latina que, por otro lado, acaba como proyecto inconcluso y del que se recuperarán fragmentos de los archivos del estudio en 1985 para reutilizarlos en el semi-documental It's All True: Based on an Unfinished Film by Orson Welles, producido en 1993. Es precisamente el viaje de Welles a Suramérica el que le impide estar presente en el montaje final de El Cuarto Mandamiento, circunstancia que permite a George Schaefer - al mando del estudio por aquella época- ordenar, tras unos pases previos del film que no han gustado al público que ha asistido a su proyección, el rodaje de nuevas escenas, entre las que se incluye el final, y eliminar varios segmentos. Para hacernos una idea de la magnitud de los cortes hay que recordar que la versión que propuso Welles antes de marchar hacia Brasil constaba de 131 minutos y la copia final estrenada en Agosto de 1942, apenas llegaba a la hora y media de duración. Sin duda estos cambios afectan al resultado y la narrativa de la película queda fragmentada y algo inconexa a medida que avanza la historia. Aunque todo queda subsumido merced a la apabullante y exuberante estética visual que Welles confiere al filme. El avasallador dominio del lenguaje fílmico desplegado por el cineasta hace que esta película sea considerada por algunos como su mejor obra, por encima, incluso, de su "ópera prima" Ciudadano Kane.

Glosar las virtudes técnicas de este filme, al igual que sucede con su primer largometraje, es tarea fecunda y ya analizada en la abundante literatura generada por la interesante filmografia "wellesiana" pero, "grosso modo", el cineasta sigue ahondando en los juegos de iluminación expresionistas, la utilización de grandes angulares con su consecuente profundidad de campo y el rodaje de tomas en largos planos-secuencia, además de situar la cámara en ángulos imposibles o bajos (obligando a la fabricación de los techos) así como también destaca la integración del sonido como otro elemento narrativo-dramático más. La perspectiva que Welles tenía sobre las posibilidades del arte cinematográfico le permite desarrollar una estética visual asombrosa a lo largo de su obra, muy palpable, en particular, en El Cuarto Mandamiento. La audacia en el empleo de la técnica cinematográfica tan característica de Welles queda patente en esta película y ello pese a la amputación que sufrió la misma.




El control sobre los diferentes recursos del medio es prodigioso y si El Cuarto Mandamiento no alcanza la categoría de obra maestra (aunque esta aseveración puede situar en el campo de la herejía cinéfila) es por su aspecto episódico y su frialdad emocional, características provocadas por, probablemente, el montaje final (aunque el tipo de relato gótico de decadencia de una familia de aristócratas derivado del material original puede que tenga algo que ver en lo segundo). La historia que narra la caída de la casa Amberson, le sirve a Welles para seguir expresando las potencialidades del medio cinematográfico de tal modo que todos los elementos del mismo cobran significación funcional y expresiva. Sirvan como ejemplo los mismos decorados: la mansión atestigua el declive de la familia aristocrática y desempeña un papel significativo en la descripción de la decadencia del linaje al situarse la mayor parte de la acción de la segunda parte del relato, que vira hacia un tono oscuro y denso, en el interior de la misma, generando opresión y claustrofobia. El completo dominio de los mecanismos cinematográficos queda demostrado ya desde el inicio del relato con la presentación del personaje del heredero y de su estirpe a través de los habitantes del pueblo, una excelente conjunción de sonido y montaje que a la manera de las tragedias griegas proporciona continuidad. Y, también, por la reconocida y recordada escena del baile, una bellísima coreografía de personajes que entran y salen del cuadro para dejar claras sus intenciones. Ante tal magnitud de hallazgos narrativos, la conclusión ambivalente sobre el progreso y su inexorable avance que expone Welles mediante el monólogo del personaje interpretado por un eficaz Joseph Cotten o la represión de los sentimientos por clasismo que sufren otros personajes, queda relegada a un segundo plano, pudiendo venir, por aquí, la aridez y densidad de la apuesta.

El Cuarto Mandamiento es un portento técnico que subyuga por el uso dramático de los fundamentos del Séptimo Arte y en el que queda indeleble la huella personal de uno de los grandes cineastas de todos los tiempos y ello a pesar del cercenamiento que padeció la obra y que, de alguna manera y, por desgracia, actúa de contrapeso al majestuoso aspecto visual puesto en liza.



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