11/6/17

Comanchería

High Hell or High Water, D. Mackenzie, 2016, USA, C. Pine, B. Foster, J. Bridges.
Hete aquí una interesante muestra de cine contemporáneo independiente USA que ha triunfado en taquilla con nominaciones oscarianas incluidas, lo que abre la polémica de si consumimos lo que nos dan o elegimos lo que consumimos...sí, sé que el elenco protagonista es una carta-anzuelo que hace que mucha gente vea la peliculita pero su desarrollo la aleja bastante de lo que nos dicen los blockbuster sobre los gustos mayoritarios de nuestros días...en fin, como los cerros de Úbeda quedan lejos para la mayoría nos centramos en lo que nos tenemos que centrar.

Uno de los momentos de más humor de la película.
Los nuevos talentos aún no corrompidos Mackenzie y Sheridan (cada uno en lo suyo: dirección y escritura) proponen una historia anclada en la crisis socioeconómica que dicen algunos que ha terminado y que sitúan (nada menos) en el epicentro del género USA por antonomasia (sí, el western). Pruebe el espectador a sustituir los caballos por los coches y fíjese en el recurso del paisaje como elemento descriptivo y singular que domina las emociones de los protagonistas. Pero, además, son capaces de salir bien librados de puros homenajes al cine negro de verdad. Total que hacen un neo-negro postcrepuscular western con atisbos sociales contemporáneos e históricos (referencias a la conquista del territorio de los nativos americanos por un lado y por el otro algunas imágenes del desolado paisaje petrolifero que parecen sacadas de un documental de ese supuesto grano en el culo del establishment USA que para algunos es Moore) muy estudiado en su vertiente formal y muy cuidado en su construcción de personajes (aunque la reproducción de ciertos clichés es evidente) y en sus significativos diálogos. Y algo muy importante: los estallidos de violencia secos y concisos se dan con dosificación ejemplar...cuando toca, vaya.

Violencia la hay: dura pero en su justa medida.
Claro que no todo es cuestión de rosas y la historia debería cortarse en el momento en que el hermano pequeño - Chris Pine, al que no me extraña que eligieran bien afeitatadito y aseadito, claro, para coger el testigo de William Shatner para hacer de Capitán Kirk- se gira al empleado de banco preguntándole si en su sucursal puede tramitar el papeleo para transmitir la granja familiar a sus vástagos...todo lo demás sobra, y me refiero a esa escena conclusiva en la que los caracteres antagónicos del Ranger y de él mismo exponen las motivaciones de sus actos que han sido plasmadas más que bien en lo que ya se nos ha mostrado.

El díscolo Cabeza Loca a punto de descubrir qué significa ser Comanche
Para el final dejo la banda sonora de Nick Cave y su fiel Warren Ellis que es curiosa pero parece acrecentar una tendencia en el cine moderno de cuidar este aspecto aunque no acabe de encajar en el desarrollo del relato de lo que se propone en pantalla (cosas del post-tarantinismo) y, para rematar, no se puede obviar la interpretación del Sr. Bridges, un tipo que a estas alturas está más allá del bien y del mal y que se acerca peligrosamente a la sobreactuación desde hace unos años. En este caso su alabada composición de un agente de la ley y el orden cansado acusa ese rasgo "hiper" especialmente en sus primeras apariciones cuando no se ha conocido al personaje. Quitando estas cositas la película queda muy recomendable y uno se va contento después de verla y termino con una premonición nada rappeliana: la escena con la que se quedará mucha gente será la del casino en la que el hermano mayor se enfrenta con el indio Comanche de pura cepa y voz ultragrave.

Y para que no se diga allá va un juego de espejos: 





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19/3/17

Un día en Nueva York

On The Town, 1949, S. Donen & G. Kelly, USA, G. Kelly, F. Sinatra, B. Garrett.
El fructífero tándem formado por Stanley Donen y Gene Kelly debuta en la dirección con este musical que significó un antes y un después en el devenir del género. Como es sabido, el empecinamiento de ambos por sacar el equipo de rodaje a los escenarios naturales de la emblemática ciudad de Nueva York supuso una pionera acción revolucionaria, en línea, por otra parte, con su trayectoria que siempre buscó la innovación (recuerden el baile de Kelly con el ratón Mickey, sin ir más allá). Una decisión que significó dotar a las peripecias de los tres marineros protagonistas que disfrutan de su día de permiso en la ciudad de los rascacielos de un naturalismo ajeno hasta la fecha al género musical. Sin duda, el binomio Donen-Kelly prepara la explosión del musical moderno que se dio en los años cincuenta del siglo pasado con esta propuesta innovadora, vital y energética y junto con el productor Arthur Freed, figura clave del género, anticipan las claves por las que éste se desarrollará en su máximo esplendor. La música y el baile ya no se intercalan de manera disruptiva, al contrario, sobrevienen con espontaneidad y representan los sentimientos de los personajes, o bien, hacen avanzar la acción dramática, quedando engarzados con fluidez en la misma. La dificultad del cambio de ritmo necesario cuando se pasa de hablar a cantar, de andar a bailar, ya es historia. Aquí, esos números, unos más serios, otros más divertidos, algunos más atrevidos, desarrollan la narración como diálogos entre personajes o descripciones de los mismos, por ejemplo. Así, escenas como las del museo, la presentación de una de las chicas (Miss Turnstiles) o el ballet onírico que sintetiza en un punto de la película lo acontecido en ella hasta ese momento, forman parte del conjunto de la obra, integrándose en ella de manera total. En resumen, la fragmentación que parecía inherente al género musical se salva con esta integración narrativa. Al igual que también resulta incorporada como otro personaje más la urbe neoyorquina, como se ha apuntado antes. Aunque es curioso que este ambiente naturalista por la que, entre otras cosas, es recordada la película choque con el fantástico ballet que le da su título de explotación en lengua castellana, esa danza onírica protagonizada por Kelly y Vera-Ellen (una actriz de poco éxito pese a ser reconocido su talento para la danza) que sintetiza la obra de manera prodigiosa, resumiendo la trama a través de la reconstrucción del relato hasta su punto de ruptura pero sin adelantarla, una síntesis que se basa en la minimización del decorado y la maximización expresiva de la iluminación. Una magnífica muestra del género musical y sus fantásticas posibilidades.


Pero el conjunto también es representativo del carácter vitalista del género, conformándose como una especie de barrita energética que se sucede a un ritmo alto partiendo de una excusa argumental básica cuyo desarrollo desemboca en un final típico de la comedia clásica americana quizás un tanto envejecido por su ingenuidad y que deja algunas situaciones en las que es necesario desprenderse del principio de incredulidad en lo que es un libreto ligero sin gran atención a la lógica que contiene subtramas poco creíbles pero que, en definitiva, son irrelevantes (el responsable del museo en plena persecución de los protagonistas acompañando a los policías a las tantas de la madrugada lo tomamos como una cuestión secundaria, por ejemplo). En cualquier caso, la vitalidad colorista de la función -todo un preludio de lo que vendría en la década siguiente- vale como plasmación de la arrolladora energía (y personalidad) de Gene Kelly, bailarín y coreógrafo, director, actor (más que correcto en el campo de la comedia) y guionista, triunfador en Broadway a principios de los 40, icono del musical de Hollywood quien, combinándose con el jovencísimo Stanley Donen (bailarín y coreógrafo procedente, igualmente, de Broadway, y cineasta que acabó por protagonizar en su carrera un viraje hacia la comedia suave y elegante) y bajo el paraguas de la Freed Unit, sentó las bases del musical USA, o al menos, del que podríamos definir como su período de esplendor.


Un género que, como ya se ha podido adivinar, se benefició del trasvase Broadway-Hollywood que llevó a la Costa Oeste a numerosos artistas: los citados Kelly y Donen, pero también directores como Vincente Minnelli o guionistas como los de la película traída a colación, Betty Comden y Adolph Green, sin olvidar a compositores (Gershwin, Arlen, Berlin) y un sinfín de bailarines y coreógrafos. Múltiples fueron las adaptaciones que desde la Meca del Cine se hicieron de las representaciones neoyorquinas. Con mayor o menor fortuna, con desigual interés artístico, las versiones de las obras de Broadway en celuloide se sucedieron y como muestra este filme que adapta un ballet de Jerome Robbins, Fancy Free, amplíado a musical por Leonard Bernstein y estrenado, con libreto de la misma pareja Comden y Green, a mediados de los cuarenta en los escenarios neoyorquinos. Por cierto, que el compositor quedó seriamente disgustado con la transposición a la pantalla al añadirse canciones de Roger Edens y eliminarse otras del original. Sea como fuere, la reputación de la versión cinematográfica la ha instalado como uno de los musicales más importantes de la historia.



A Kelly lo acompaña un elenco interesante a cuya cabeza se sitúa Frank Sinatra ya lanzando su carrera cinematográfica pero entre el cual figura también la claquetista Ann Miller y la mencionada Vera-Ellen, quien se encarga de dar vida a la partenaire de Kelly, una especie de Cenicienta moderna. Y en una vis más cómica encontramos a la divertida Alice Pearce (retomando su papel de Broadway) y a la gran Florence Bates haciendo de algo así como una madrastra alcoholizada. Un émulo de Ray Bolger, el bufón Jules Munshin, ejerce de tercer marinero. Todos ellos participan en este precursor musical considerado la punta de lanza de la modernidad de un género que, sorprendentemente, de manera reciente ha cosechado un tremendo éxito que quién sabe si le supondrá vivir un "revival". Desde luego, sus adeptos se cuentan por millones.


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27/1/17

La Ciudad de las Estrellas /La La Land

La La Land, EEUU, 2016, Ryan Gosling, Emma Stone, Rosemary DeWitt.
Antes de comenzar debo hacer un par de puntualizaciones. Por una parte, reconozco mi posicionamiento parcial respeto a esta película ya que desde el momento en el que descubrí el tráiler de manera casual vía Internet (antes de la lluvia de nominaciones a los Oscar y de la gala de los Globos de Oro) pensé que se trataba de un claro homenaje al cine clásico que suele ocupar este espacio, ergo, se convirtió para mí en necesidad vital su visionado. En aquel momento, con sólo haber disfrutado de esos segmentos de metraje seleccionados para su promoción el tremendo éxito que está viviendo la propuesta me resultó poco menos que impensable. En segundo lugar, habiendo asistido ya a su proyección en la sala correspondiente (por favor, véanla en versión original) pienso que para su mayor deleite es necesario cierto bagaje cinematográfico por parte del espectador. Ojo, no se me entienda mal, me refiero a que la obra, efectivamente, está plagada de referencias al cine de una época, no ya únicamente musical sino mas bien a todo ese período en su conjunto, unas alusiones introducidas de una u otra manera como emotivo y nostálgico tributo y que acaban por convertirse en un apasionante juego cinéfilo que, sin embargo, puede pasar desapercibido para quien carezca de ese bagaje al que me refiero. No obstante, todas estos guiños podrían picar la curiosidad de los que se hayan acercado a esta película porque parece que toca verla. Por ella desfilan de manera explícita imágenes simbólicas de muchos musicales pero también aparecen incontables alusiones a obras de visionado obligatorio (La Fiera de mi Niña) que bien se ponen en boca de los personajes o bien se presentan como elementos de atrezo (el cartel de Forajidos, obra seminal del género negro tan en boga en estos días, colgado en la pared de la casa de una de las protagonistas). Y esto son sólo dos ejemplos.


La figura fundamental de Busby Berkeley,
uno de tantos referentes que aparecen en
La La Land
Por lo tanto, mis sospechas fueron certezas, algo que se confirma ya a las primeras de cambio con la introducción del logo de Cinemascope, la primera imagen con la que se topa el espectador en esta propuesta firmada por Damien Chazelle cuyo primer ballet, por otra parte, transmite la vitalidad tan propiamente genuina del género musical clásico, y ello a pesar de ciertos movimientos de cámara característicos de hoy, demasiado sincopados, en los que el joven realizador volverá a insistir en otro momento, un poco más adelante, cuando la protagonista acude a una fiesta ante la insistencia de sus amigas. Excesos en los que, afortunadamente, la película no se prodiga mucho más.


Continuos elementos metacinematográficos
Mitad comedia romántica (ese tipo de películas al que parte de la audiencia de nuestros días adora) y mitad musical (género que de vez en cuando parece querer volver y que siempre ha explicitado cualidades oníricasLa La Land esquiva los habituales vericuetos lacrimógenos y recursos empalagosos de las primeras para desplegar una recreación acompasada a nuestros días de los segundos pero, insisto, desde el respeto y la admiración, no sé si, quizá también, desde la añoranza.


Comedia romántica que describe una relación
alejada de los clichés actuales
Dosificados ambos, comedia romántica y musical, no se abusa de la primera aunque exista una muy mínima (por lo inevitable) presencia de aspectos sentimentalistas y, respecto al segundo, ni tan siquiera se atisba voluntad por modernizar el género, mucho menos actitudes transgresoras, aunque se opte por el enmascaramiento de algunos de los números musicales con interesantes juegos de luces para simplificar su ejecución o, se decida dejarlos llanamente como piezas cantadas. Por aquí se reúnen, como ya se ha dicho, números musicales icónicos que tributan a Berkeley o a Kelly, entre otros, integrándose en el discurso narrativo del modo en que lo hacían en la época de esplendor del género. Las (pocas) coreografías y canciones avanzan la acción (como el número que transcurre en la casa que la protagonista comparte con sus amigas y en el que Chazelle se atreve con un plano cenital à la Berkeley) o muestran los sentimientos de los protagonistas (aquella que se desarrolla cuando la pareja comienza a relacionarse tras una fiesta). La partitura de Justin Hurwitz, aunque quizá a veces demasiado insistente y apoyada en un piano persistente, resulta acertada y se consigue crear un leitmotiv para la pareja y para el conjunto de la película. Igualmente, la ciudad de Los Angeles (otra representante genuina de sueños) queda perfectamente incorporada en la acción narrativa y los escenarios en los que se desenvuelven los protagonistas cobran dinamismo relatándonos el estilo de vida y lo que sienten estos, elemento este del contexto que recuerda poderosamente a muchas de las obras del cine clásico homenajeado. La urbe californiana se convierte así en otro protagonista. Una construcción de personajes principales que en el caso del encarnado por Ryan Gosling alcanza carácter ejemplar, y el actor le saca partido con su composición merecedora de aplauso.


Epítome del romanticismo Sebastian es todo un caballero andante
que aporta su magia a quien le rodea.
La película concluye de manera estupenda, pese al borrón que supone la representación aceptada de la vida en pareja, con un número que nos lleva directamente al corazón de aquellos ballets con que se cerraban grandes clásicos del musical, un epitafio que alcanza a capturar la cualidad mágica del género y que condensa toda la carga emotiva y nostálgica ya desarrollada a lo largo del metraje por Chazelle. Sin duda, un digno colofón a una más que meritoria película, un "blockbuster" que no tiene nada que ver con otros producidos por la fábrica de Hollywood que también han coleccionado nominaciones en los famosos Oscar. !Qué diferencia con Avatar, por ejemplo! Aquella auténtica tomadura de pelo, reproductora de los estereotipos más zafios del cine de acción a los que disfrazaba para más inri de pseudomística y pesudoecologismo. Por contra, en la película de Chazelle podemos retrotraernos a unos tiempos en los que el cine, pese a su innegable voluntad escapista y su producción industrial, se concebía de manera distinta e, incluso, podemos llegar a sentir por momentos lo que probablemente sentirían los espectadores de aquella época.





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20/1/17

Danzad, Danzad, Malditos

They Shoot Horses, Don't They? Sydney Pollack, 1969, EEUU, Jane Fonda, Michael Sarrazin, Gig Young.
Aquí traigo para la ocasión una meritoria adaptación de una novela de la Depresión, o sea, bastante dura que, todo sea dicho, tuvo poco éxito en su día (el libro, digo, porque la película fue llegar y besar el santo y seguir besándolo hasta hoy en un no parar). El libro por si alguien se lo quiere leer es relativamente corto y lo firma Horace McCoy, un tipo que sabía algo del Hollywú de la época por estar trabajando por allí (era un aventurero de aquellos años que desempeñó un sinfín de trabajos, fue héroe de la I Guerra Mundial y después hizo sus pinitos como actor para terminar de establecerse como guionista en la "Meca del Sine"). La película supongo que se habrá visto por mucha, muchísima gente ya que es archiconocida y gusta un montón pese a lo deprimente del tema. Desde que se presentó en Cannes (en nuestros lares lo hizo en 1970 en otro ínclito festival pero fuera de concurso) no paró de cosechar galardones y nominaciones (Oscars, BAFTAS, Globos de Oro). Hombre, mira, aprovecho para poner en solfa un tartufo: ¿Qué récord tiene esta película en los celebérrimos Oscar? Ya sabéis, el primero/a que acierte podrá degustar un delicioso tartufo, por si no hubiera tomado suficiente dulce en estas fiestas navideñas que ya se han marchado.

¡Y, ahora, Señoras y Señores, para su regocijo y diversión, El Gran Espectáculo de Perdedores y Desesperados!
Volviendo a lo dicho, Gig Young se llevó el Oscar a Actor de Reparto y el mismo Pollack fue nominado por su labor directiva de alto standing: brillante, estudiada y cuidada pero algo carente de "punch" porque todo es muy deprimente, sí, pero falta algo "natural" en esta recreación de la Depresión. Eso sí, oiga Sr. Pollack (¿puedo llamarle Sidni? Gracias) todo muy currado: las vestimentas, la recreación del concurso de baile, ¡Si hasta en la orquesta hay profesionales que tocan temas de la época en la que pasa todo!. Y claro, Sidni, tú tampoco te quedas corto ordenando  y dirigiendo el cotarro: que si ahora la cámara lenta, que ahora lo montamos con un flash-forward por aquí (unos segmentos que parecen cuasi-subliminales) y llegamos al culmen con la famosa escena de la carrera, vertiginosa, asfixiante y muy celebrada por los entendidos. Sidni, eres un fenómeno, pelín manierista si me lo permites, te suele pasar, pero creo que es la época, pero, oiga que yo por la del cóndor lo paso todo. Y ésta tampoco está mal, qué va, está bastante bien. Y es un referente del Nuevo Hollywú, ese nuevo cine aperturista que hacía gente que (como Sidni) venía de la tele en unos tiempos que cambiaban (como decia el Nobel) y que para lo que nos interesa ahora (que es el mundillo del celuloide) estaban marcados por el fin de los estudios y la "aparición" de (precisamente) la tele. Voy a simplificar mucho para ser gráfico y para que se compruebe la magnitud de la convulsión que se vivía: Pasamos de ver pelis "a favor" de una guerra (II Guerra Mundial) a otras en contra de otras (Corea y Vietnam).

Antes de la Gran Carrera todo son nervios y susto
Los ejecutivos de Hollywú saben lo que se llevan entre manos y ahora toca hacer pelis para jóvenes: con algo de sexo serio, esto es, con visos de problema existencial (allá te va El Graduado), si se trata de tus ansias de evasión y libertad, toma Easy Rider, ¿quieres levantar acta del poder de la Congregación?, pues ¿qué te parece un documental (ale, incluyo un trocitosobre la reunión festivalera de Woodstock?. ¡Ay, los jóvenes! ¡Era tal su ferocidad que hasta en Hollywú hicieron oreja! Las huelgas y barricadas del Mayo francés eclosionaron en la sociedad occidental y hollywú alimentó a los chicos y chicas del amor fraterno (oigan que en Broduey también se notó) con reinvenciones de géneros nacionales (Grupo Salvaje), subversiones románticas de la norma (Bonnie y Clyde),  coladas de prendas íntimas sin lavar (Midnight Cowboy), contestaciones jocosas a la autoridad y sus decisiones (MASH) y un montón de cosas más (La Noche de los Muertos Vivientes). Y que digo yo que mucho antiestablishment y tal ¿pero quién ganó el Oscar a mejor actor el año de la peli que he traído hoy por aquí? Ale, un tartufo fácil.

Filósofos de postín animando a la turba
Pero, bueno, que Sidni y otros como Allen, Bogdanovich, Altman, Penn, Cassavetes y Parks abrían caminos en plan Nueva Ola USA, cada uno con sus filias y fobias pero haciendo marcha. Una cosa, muchas pelis de las que he citado antes están por el blog, así que podéis leer las sesudas disertaciones sobre ellas con un sólo click. 

Y cómo no podía ser de otra, pues, también surgen rostros que representan los nuevos tiempos, porque mucha contracultura pero al final la fagocitación del sistema todo lo puede y tenemos nueva hornada de guapos y guapas. Como la bella Jane (Fonda, hija de actor star-system) que protagoniza esta película en su primer papel serio-serio. Una joven estrella que venía de hacer una psicotrónica de culto con la que era sexploitada por su, de aquellas, marido (el listo de Roger Vadim) y que podía haber hecho el Gran Trío de Pelotazos si no hubiera dado calabazas a Bonnie y a Rosemary que pudieron ser ella, pero ella estaba a otras cosas (¡Ah, el Amor!), aunque, bueno, ni falta le hizo y no es menester recordar su itinerario desde Musa de la Contracultura USA (FTA) hasta gurunesa del Aerobic y Gran Dama Cinera que es ahora, casi que Más Allá del Bien y del Mal y que, mira tú por dónde, permitirá ganar a quien sea otro tartufo si nos dice con qué cineasta de la Nueva Ola francesa experimentó fílmicamente (¡¡¡y ya van tres tartufos, yowzah, yowzah, yowzah!!!). En esta función su pareja de baile (nunca mejor dicho, eh) es Michael Sarrazin, un actor que viene como anillo al dedo con su cara de pánfilo y por el reparto hay viejos conocidos de la pequeña pantalla: Michael "tengan cuidado ahí fuera" Conrad, Al Lewis. NO, no hay tartufos para quien diga las series en las que aparecían estos dos, pero, mira, sí habrá uno y muy grande para quién diga qué conexión cósmica existe entre un famoso cómico que usaba gafas y Sidni (y este, queridos y queridas, veteranos y veteranas del blog, es el tartufo MÁS DIFÍCIL jamás puesto en juego en este espacio).

¡Váyase usted a-a... adónde diría Max Dembo!
La verdad es que Sidni consigue transmitir la angustia existencial del personaje encarnado por la Musa de la Contracultura USA (Gloria, una chica tejana que emigra a Hollywú para intentar ganarse la vida en eso del cine, aunque según se la describe en el libro "(...) era demasiado rubia y demasiado menuda y parecía además demasiado mayor" y cuya desesperanza vital la hace declarar en determinado pasaje también del libro que "(...) Debe de haber multitud de personas en el mundo como yo que desean morir pero carecen del valor necesario para matarse"). Esto lo digo para que quien no haya visto la peli sepa que, saltándonos los guiños comerciales y superficiales que en algún momento mete Sidni, sí se alcanza a crear un ambiente triste y hasta deprimente y que aquí uno se encuentra con una historia sórdida de loosers que con sus trucos (cámara lenta, episodio chico pierde chica) funciona como crítica a la sociedad USA dejando al descubierto sus miserias morales, sociales y económicas.

Los participantes a lo suyo, con su triste rutina alegórica de mecerse y moverse
Así que Sidni transpone de manera acertada la fuente original, una novela seca y dura que denuncia la hipocresía de la sociedad USA y a la que claro está hace algunos cambios: caracterizar a Gloria con más malas pulgas y con más orgullo -esto hace que cambie lo que entendemos con su conducta sexual- unificación de los personajes del MC (esto es, Master of Ceremonies, ¿alguien se acuerda de MC Hammer?) y del promotor en uno al que lo define mucho más inescrupuloso, desaparición de otros como las mujeres de la asociación de nombre sospechoso -Liga de Madres de Familia en Defensa de la Moral- y de algunos elementos como el mismo final de la Sra. Layden -la groupie de la pareja protagonista- y también se atreve con el añadido de escenas como la famosa de la ducha con Susannah York volviéndose...no spoilearé, u otra de enjundia porque cierra la película con el mensaje de que todo continua girando pase lo que pase y esté quien esté. Aviso para los cineros, se mantienen las numerosas referencias a personalidades del Hollywú de la época de las que la novela está plagada pero cambiando de tipos y tipas (se cambia la letra pero no el espíritu). Cambios aceptables (unos mejores, otros peores) para llevar el meollo al cine y acabar haciendo un clásico moderno (o un clásico de aquellos años contestatarios, si preferís) que demuestra que para muchos peatones todo esto de la vida que tenemos montada en nuestras sociedades es una carrera en círculo parecida a la que deben correr los participantes en el concurso de resistencia de baile de la película, un fenómeno este de los maratones bailongos que cuajó más allá de las fronteras USA.

Testimonio del furor que hizo a nivel mundoccidental esto de los maratones de baile en los años 30. Este se hizo por aquí, en Valencia, ¡sí, señor!
Muy alegre el tema como que no es pero tanto el libro como lo que hace Sidni demuestran la deshumanización de una sociedad integrada por personas que son capaces de tratar como bestias a sus congéneres, llegando a explotar sus miserias. Podemos terminar recordando las palabras con las que concluía un insigne autor patrio una de sus obras a la que servía de escenario otro popular festejo, éste con seres de cuatro patas y cuernos: "(...) De pronto, el circo rumoroso, lanzó un alarido saludando la continuación del espectáculo. (...) cerró los ojos y apretó los puños. Rugía la fiera: la verdadera, la única".

¡The Show must go on, yowzah, yowzah, yowzah!
Las imágenes, vídeos y demás se han encontrado con el Google.Yo sólo los pongo para que se vea lo que digo pero sus derechos los tienen sus propietarios y creadores. La foto de Valencia está en este libro de fotos antiguas. El extracto con el que concluyo la reseña es de la novela Sangre y Arena de Vicente Blasco Ibáñez y se pone para ilustrar.