15/8/11

Las Uvas de la Ira



Grapes of wrath, John Ford, 1940, EEUU, Henry Fonda, Jane Darwell, John Carradine.

Durísima película que adapta la no menos dura novela homónima del Nobel de Literatura John Steinbeck. El excelente relato literario, ganador del premio Pulitzer, describe los efectos de la Gran Depresión de los años 30 en la América rural centrándose en el éxodo de los granjeros del estado de Oklahoma hasta el de California en busca de empleo tras perder sus granjas a causa del fenómeno conocido como Dust Bowl, efecto consustancial del sistema económico que aún hoy en día parece que hemos elegido como el más deseable para vivir. Tanto la obra literaria como la cinematográfica gozan de plena vigencia en la actualidad y no únicamente en su vertiente económica sino también en el aspecto ecológico (¿cómo hacer uso de la tierra? ¿cómo ayudar a los paises del Tercer Mundo a que se desarrollen sin caer en los mismos errores que los paises "avanzados"? En fin ¿cómo conseguir la menor erosión de la tierra inherente a la práctica de la agricultura o evitar la cada vez mayor vulnerabilidad de las superficies agrícolas por la generalización de monocultivos? - según un informe de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) del año 2006 el arroz y el trigo alimentan, ellos solitos, a la mitad de la humanidad-). El Dust Bowl agravó las consecuencias de la Gran Depresión para todos aquellos granjeros que sin posibilidad de cultivar la tierra, es decir, de generar ingresos con que pagar las hipotecas de sus granjas, se vieron obligados a dejar éstas (¿les suena?) y emigrar hacia zonas con mejores perspectivas laborales si es que las había con aquella coyuntura económica (esto quizá también les recuerde algo).



Steinbeck quedó muy satisfecho con la película a pesar de que su obra queda despojada de parte de su mensaje político y del cambio estructural que sufrió para hacerla más llevadera y optimista para el público y de paso salvar a la censura y pese a obviarse en el tratamiento cinematográfico, obra de Nunnally Johnson, algunos detalles del libro. No obstante, la película consigue captar la crudeza del original apoyándose en la magnífica fotografia naturalista de Gregg Toland que basó su iluminación en el trabajo de, entre otros, Dorothea Lange y Walker Evans, fotógrafos "oficiales" de la Depresión en USA y, sobre todo, por el absoluto lirismo de John Ford, un director con una especial sensibilidad visual. Precisamente a Ford, hijo de emigrantes irlandeses, le interesó sobremanera el hecho de que los protagonistas tengan que abrirse camino dejando sus tierras, circunstancia familiar para él por lo acaecido con sus progenitores, aunque también ciertos elementos de la novela son temas recurrentes en su filmografía: el amor a la tierra, el protagonismo de la familia o la lucha contra la adversidad. Pionero legendario del Séptimo Arte y considerado un tipo duro, Ford describe con exquisita emotividad el éxodo de los campesinos, sólo hay que recordar momentos como el protagonizado por la caritativa camarera y sus clientes camioneros o la escena en la que la matriarca del clan, encarnada por Jane Darwell, actriz con trayectoria en el mudo como demuestra en su interpretación galardonada con el Oscar, prepara la marcha de su hogar: todo un prodigio narrado sin diálogo, así como también es relevante en este sentido la entrada en el campamento de inmigrantes: con un "travelling" subjetivo Ford nos muestra las miseras condiciones de vida del lugar.



Muestra del cine social americano, que también lo hay, la película supuso un éxito de público y crítica, aunque con algunos matices por su visión izquierdista, y está considerada entre lo mejor de la importante filmografía de su director. John Ford crea composiciones de elevada factura visual sin dejar por ello de plasmar la terrible coyuntura acaecida y mediante un ritmo vigoroso narra el periplo de la familia Joad. Cuestión aparte es el decepcionante final del filme, no ya por el descenso emocional o del ritmo en su última parte, sino también por el monólogo recitado por Henry Fonda como si de un poeta idealista fuera en lugar de un tipo que ha comprendido la situación y ha decidido luchar, y lejos de terminar en este punto el relato, hecho que dotaría a la obra de una conclusión lógica y valiente, se añade un discurso final innecesario y, al parecer, rodado por el productor Darryl F. Zanuck. A este respecto no está claro si Ford estaba o no de acuerdo con este colofón pero hay que resaltar que ambos habían trabajado juntos con anterioridad y recaía sobre el productor generalmente la posproducción, es decir, la fase de montaje, a no ser que el propio Ford considerase el proyecto como muy personal. De lo que se puede colegir que si el director ya estaba de vacaciones con su barco en esta etapa de la producción no consideraba el proyecto en tan alta estima como El Delator o El Hombre Tranquilo. Esto no es óbice para que John Ford imprimiera su sello personal al filme: uso del paisaje, exposición de la fuerza del grupo familiar, composiciones con planos generales, importancia de la iluminación en las escenas interiores (con la inestimable ayuda de Toland que era capaz de pasar del barroquismo de Cumbres Borrascosas al documentalismo exhibido aquí)...además se rodeó de muchos de sus colaboradores habituales tanto en el reparto (el notable John CarradineWard Bond o Russell Simpson eran miembros de la Stock Company, el grupo de intérpretes que trabajaron con Ford de manera asidua) como en el apartado técnico (su hermano Edward ejerció labores de ayudante de dirección).



En suma, importante película social de absoluta vigencia y que debería ser de visión imprescindible por los tiempos que corren y por su atemporalidad dada su temática pero también desde su envoltura visual tiene algo que decirnos tanto por ser muestra de la labor de uno de los más reconocidos operadores de la historia -Gregg Toland- como por disfrutar de la asombrosa ternura que era capaz de transmitir uno de los más importantes directores de siempre -John Ford- sin perder un ápice de realismo y de crudeza.

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