8/8/12

Enrique V


Henry V, Laurence Olivier, GB, 1944, Laurence Olivier, Renée Asherson, Robert Newton.

La obra del dramaturgo, poeta y actor inglés de la época isabelina William Shakespeare ha sido el origen de un sin fin de películas, más o menos fieles a sus textos, a lo largo de la historia de la cinematografía mundial. Sin embargo,  no es hasta esta adaptación de germen, curiosamente, televisivo y con fines propagandísticos (estamos en la II Guerra Mundial) cuando se considera que el estado de la cuestión alcanza relevancia artística. Los esfuerzos pretéritos en los que intervinieron estrellas como Mary Pickford y Douglas Fairbanks (La Fierecilla Domada, 1929) o James Cagney y Olivia de Havilland (El Sueño de una Noche de Verano, 1935) y que dirigieron realizadores tan prestigiosos como George Cukor (Romeo y Julieta, 1936) por no hablar de la etapa muda en la que, entre las innumerables aproximaciones al autor teatral, destacan dos mediometrajes de Lubitsch y un corto de Griffith, quedan superados por esta primera versión en color de una obra de Shakespeare firmada por Laurence Olivier, nombre que se asocia al de su famoso compatriota. Para la ocasión, Olivier escoge el texto homónimo de elevado cariz patriótico, en sintonía con los aires del enfrentamiento militar que se libraba por las fechas de realización del filme, del célebre autor y lo abrevia convenientemente por motivos políticos (la figura principal queda definida con un perfil menos ambiguo, por ejemplo) además de por los evidentes de condensación, los inherentes que toda obra conlleva cuando se acomete su traslación del proscenio a la gran pantalla. Aunque la película presente estos retoques textuales podemos considerarla como una adaptación fiel al original y al espíritu del teatro de Shakespeare, recreando, en su principio, de manera fidedigna la época en la que se presentó la obra original, entre 1599 y 1600, en un alarde que se desenvuelve como si de un documental se tratara. Posiblemente, nunca el teatro se ha sintetizado en el cine o el cine ha compendiado los aromas del teatro como en esta estilizada película. Desde luego, toda la afectación y el artificio de las representaciones teatrales se conservan y están presentes en la primera mitad y en el epílogo de la narración. Entre medias, la celebrada escena de la crucial, en el devenir de la Guerra de Los Cien Años, Batalla de Agincourt librada en 1514 entre las tropas del monarca británico que da nombre al film y el ejército francés. Un prodigio de construcción fílmica que deja sin palabras al aficionado al Cine.



Laurence Olivier en su debut tras la cámara parece moverse en su hábitat natural y consigue una monumental película de enorme fuerza expresiva que ya comienza de manera asombrosa con una reproducción en miniatura del Londres isabelino. Si bien es cierto que el relato puede llegar a ser relativamente arduo o ciertos aspectos, quizá, envejecidos para algunos espectadores, la vertiente visual del filme es admirable; tan solo hay que volver a referir el combate de Agincourt con la celeridad y la urgencia de la lucha transmitidas con enorme maestría o recordar la reproducción de la perspectiva medieval (basada en el tamaño) que pone en práctica en algunas escenas como la del asedio a Harfleur, sin mencionar el reconocido uso del color. Sin embargo, si por algo descolla este filme es por el tratamiento que se da al espacio. El paso de un espacio cerrado (teatral) a uno abierto (cinematográfico), es decir, la expansión del espacio fílmico que nos permite llevar a término la transición entre la fidelidad al artificio del teatro presente en la primera parte de la narración y el (híper) realismo que domina la segunda (aunque los fondos pintados nunca nos hacen olvidar las tablas, salvo en la mencionada escena de la contienda), se conforma como el elemento angular de la propuesta. A través de esta transformación, la película consigue aunar las dos Artes, cine y teatro. El personaje del Coro sirve de caja de resonancia a esta metamorfosis del entorno para ahondar en la esencia teatral que baña el desarrollo de la obra. El tránsito que se propone, desde un comienzo en el que el espectador asiste a una representación fiel en el célebre Globe londinense hasta la desembocadura de ésta en la cinematográfica lucha y su antesala nocturna, se ejecuta de manera formidable. Presenciamos algo semejante a lo que sería una función en los tiempos de Shakespeare, que deja paso a unos momentos de puro cine que se cierran, a su vez,  con un retorno al espacio del tablado para finalizar la narración.



El exquisito diseño de producción y los esfuerzos tanto en la concepción del filme como en su plasmación fueron recompensados por el público y la crítica, llegando a conseguir un Oscar honorífico además de cuatro nominaciones: Película, Actor (el mismo Olivier), la sublime Dirección Artística (Paul Sheriff ayudado por Carmen Dillon, mención aparte merece el vestuario de Roger Furse) y la reconocida y notable partitura de William Walton. Sin ningún género de duda, esta adaptación de Shakespeare marca el estándar de todas las demás, incluida la propia trilogía de Olivier que completan Hamlet y Ricardo III.



Puede que este film sea producto de su contexto histórico, por el interés propagandístico con el que se utilizó, pero ha traspasado su primigenia gestación política para consolidarse como ejemplo de logro de altos valores artísticos en una producción cinematográfica. La versión que de Enrique V realizara Laurence Olivier explica los motivos por los que este actor y director está vinculado para la mayoría de espectadores al dramaturgo inglés y, asimismo, justifica el reconocimiento, entre el gran público, de sus adaptaciones "shakespirianas" como las de mayor valor que se han llevado a cabo a lo largo de la historia del cine junto con las de Welles y, más recientemente, Brannagh.

Las imágenes se han encontrado en la Red tras búsqueda con Google y se utilizan exclusivamente con fines de ilustración. los derechos están reservados por sus creadores.

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