16/6/12

Centauros del Desierto


The Searchers, John Ford, 1956, EEUU, John Wayne, Jeffrey Hunter, Vera Miles.

¿Puede que estemos ante el mejor Western de la historia? Muchos así lo consideran. Asimismo, para un nutrido grupo de gente esta película es de las mejores de la historia cinematográfica y de lo que no cabe ninguna duda es de su enorme impacto en el medio, ejemplificado en la influencia que ha generado sobre otros realizadores como la mayoría de los integrantes del Nuevo Hollywood (Scorsese, Schrader o Spielberg) o movimientos como la Nueva Ola francesa. Tal es la consideración de esta obra que plantear una línea más difusa en cuanto a su estatus adquirido y no digamos contradecir o poner en entredicho su magnificencia, es, cuando menos, una herejía. El perpetuo movimiento que caracterizó a los indios Comanches (Nawyehkah), y al que alude un personaje en determinado momento del relato, podría servirnos para retratar la ambigüedad moral por la que oscila la línea trazada por la película respecto a un tema capital presente en ella. Un asunto que parece se olvida a la hora de catalogar el filme a pesar de hacerse constantes referencias por casi todo el mundo cuando se analiza o comenta éste. Una cuestión que, en definitiva, queda relegada a un segundo plano para los seguidores de la película y que no es otra que el racismo, o mejor, la indefinición que sobre el particular parece pronunciar John Ford. En ocasiones se puede vislumbrar en el desarrollo del relato una justificación de las causas del genocidio indio aunque en otras se asemeja el comportamiento del colono blanco con el del guerrero indio (ambas etnias arrasan asentamientos de las otras y se llevan por delante, incluso, mujeres y niños). Pero, en cualquier caso, aquello que parece subyacer es la necesidad del uso de la violencia para construir la "civilización" y, por tanto, se legitima el genocidio perpetrado sobre los indios norteamericanos al justificar unas supuestas causas y sus consecuentes medios para enfrentarlas. Otro asunto, más velado que el anterior y, por consiguiente, obviado, y que no por reflejar la cultura dominante es menos grave, es la visión machista que del mundo transmite esta película. Así pues, en pleno balbuceo de los derechos civiles, John Ford lanza una reflexión indeterminada sobre el racismo y una contundente visión sobre la génesis de un país, los EUA, que puede explicar la relevancia de este filme en ese país. Quede dicho que una vez solventado el problema que para los colonos suponen los habitantes que se encuentran en los nuevos territorios, Ford parece abrir una puerta al mestizaje cultural al hacer entrar en la casa en el famoso plano final a un joven con algo de sangre india (mínima, eso sí), a una chica que ha convivido unos años con los malos, digo con los Comanches, y a un matrimonio de origen sueco pero tan tejanos (entiéndase americanos) como el que más. Un interior que sugiere que juntos podrían construir un nuevo mundo en el que personas como el héroe de la narración queden excluidas. En fin, queda apuntada la incierta visión que sobre el racismo arroja John Ford y que personifica en el protagónico encarnado por un notable John Wayne, a quien el realizador convierte en un complejo personaje que parece despertar sus simpatías, un racista (anti) héroe individualista que no encaja en la sociedad.


En otro orden de cosas es evidente e innegable que Centauros del Desierto posee una arrebatadora belleza visual y es que Ford era un director con un ojo pictórico impresionante. En un ejercicio de reconocimiento a esta cualidad se podrían extraer fotogramas de sus películas y organizar una magnífica exposición fotográfica con ellos. Si a ella la acompañan otras habilidades como es el dominio de la creación de un espacio no filmado, que aquí alcanza cotas excelsas en el primer tercio de la narración, podemos degustar auténtico cine por momentos. La sugerencia tiene tal poder de evocación en esa parte de la historia que explica y describe a los personajes de manera meridiana y permite que el espectador descubra una dimensión que parece acoger a  aquellos (la dimensión "fordiana"). Por supuesto, la facultad de Ford en rodar en espacios abiertos queda contrastada una vez más y aquí resulta fundamental al otorgar al árido paisaje personalidad propia: un escenario salvaje e inhóspito que enmarca al resto de protagonistas y que es fotografiado por un operador especialista en extraer las máximas posibilidades cromáticas, Winton C. Koch. La riqueza visual del filme se amplifica con el sistema panorámico (la única ocasión en que la Warner utilizó el VistaVision), formato del que el Western se benefició y de qué manera. El lirismo y la sensibilidad estética de John Ford junto con la funcionalidad narrativa y dramática de los elementos del medio que el realizador consigue, la belleza visual de las composiciones que se convierten en poesía (reconocidos planos abiertos pero también los interiores como los de la cantina, una prolongación de lo mostrado en La Diligencia)  y la extraordinaria capacidad para representar cuadros costumbristas que capturan el espíritu de la comunidad retratada (algo que ya se preludiaba en obras anteriores como El Juez Priest), hacen de la mayor parte de la extensa  filmografía de este autor parada obligada para todos los aficionados al cine. En Centauros del Desierto se dan cita estas cualidades, qué duda cabe, de manera principal en su primera parte. Después, la lucha contra la adversidad y la búsqueda de venganza envuelta en la hostilidad del entorno que supone el arco argumental que vertebra la historia es desarrollada con suma pericia que ahonda en las virtudes formales de Ford sin embargo, pecando de apostasía, la emocionalidad de la aventura está lejos de ¡Qué Verde Era Mi Valle!, por ejemplo. Quizá las diferencias culturales o la distancia sobre el proceso  de colonización descrito impidan la aproximación "mística" necesaria que sí se produce con la última película mencionada . Una exposición de la construcción de la civilización de un país que abordaría años más tarde el mismo director con cavilaciones más profundas y resultados más brillantes en El Hombre que mató a Liberty Valance. Tampoco muchos de los segmentos en los que se introduce un particular sentido del humor acaban de funcionar de manera satisfactoria. No obstante, la ideología "fordiana" es palmaria a través de ellos (la pelea a puño limpio como medio de resolver diferencias que también se libra en la historia de los mineros citada antes y que, en este caso, disputan los dos pretendientes de una correcta Vera Miles quien lidia con un personaje de mujercita del Oeste (también racista como Ethan, el protagonista incorporado por Wayne) que asume con la máxima predisposición el rol social al que le relega la conquista de los nuevos territorios y que se erige en uno de los ejes sobre los que gravita la sub-trama romántica de la narración (el otro vértice es el joven encarnado por un más que convincente Jeffrey Hunter), la cual puede servir para aligerar la dura historia de obsesiva venganza  protagonizada por el complejo vaquero interpretado por Wayne y se convierte, asimismo, en el necesario reclamo comercial del filme destinado a cubrir las expectativas de cierto nicho de mercado.


Tras un notable inicio, pleno de un bello poderío visual que logra a través de las imágenes y apoyándose en los más puros elementos cinematográficos así como en el hallazgo de esa dimensión "fordiana" de la sugerencia - que en estos instantes se torna cuasi corpórea - para describir los sentimientos y las experiencias de los personajes, la narración alcanza en contadas ocasiones emocionar aunque lanza algunos destellos excelsos como la reacción de Ethan al encontrar a su sobrina de manera definitiva (siendo la respuesta que muestra el hombre en su anterior encuentro con la joven consecuente con su manera de pensar) y, por supuesto, continúa plasmando cotas de grandeza estética que desprenden una extraordinaria sensibilidad y lirismo, para concluir con una extraña circularidad, diríamos, no completa. Es incuestionable que John Ford, generalmente recordado por sus incursiones en el género de géneros, elevó éste desde la leyenda y la epopeya además de redefinirlo anticipando el Western psicológico o intelectual pero también ha vertido siempre sobre la pantalla una visión poética que otorga a sus filmes de valores estético- formales muy relevantes y que han resultado de ascendencia sobre el mismo arte cinematográfico. La maestría formal de este realizador fluye en un estilo cuyas composiciones distribuyen de manera perfecta los objetos y las personas que las llenan y en el que los planos generales dominan con su majestuosa utilización hasta derivar en una plasticidad asombrosa por lo hermosa, en particular en su representación de los espacios abiertos...Ford es un poeta cinematográfico y las imágenes creadas por él, sus versos. En Centauros del Desierto es irrefutable que encontramos muchas de sus cualidades formales y artísticas junto con otros elementos que configuran su personalidad fílmica, algunos de ellos desarrollados con mayor (capacidad de comunicar los sentimientos y caracteres de los personajes al espectador, el carácter protagónico del paisaje) o menor (la relación entre el hombre maduro y el joven) acierto. Lástima que la confirmación de la superlativa sensibilidad estético-cinematográfica de Ford se vea acompañada por una tibieza en la vertiente social y con una consideración sobre la construcción de una cultura tan propia de posiciones reaccionarias y, por otra parte, mayoritarias en la sociedad norteamericana. Hecho que pudiera explicar el éxito comercial del filme en el momento de su estreno y la buena acogida por parte de la crítica de su país. Consideraciones positivas que se extienden hasta la actualidad a nivel mundial y que catapultan a este Western a su catalogación de mejor exponente del género, posición que me impide compartir no ya solo por presentar la ambigüedad referida sobre un asunto de significación capital incluso en la sociedad actual o el exhibido alejamiento de posiciones que atiendan a la diversidad o la interculturalidad en el alumbramiento de una civilización sino también por algunos aspectos fílmicos como la extensión del metraje que se alarga encontrando de manera puntual los indudables méritos que despliega en la apreciable primera parte del relato.



Otros Westerns con mayor o menor presencia de los indios reseñados en este blog:

http://imprescinedible.blogspot.com.es/2011/02/la-diligencia.html

http://imprescinedible.blogspot.com.es/2012/04/la-ley-del-talion.html

http://imprescinedible.blogspot.com.es/2010/06/las-aventuras-de-jeremiah-johnson.html

Las imágenes y/o vídeos se han encontrado en la red tras búsqueda con Google y se utilizan simplemente con fines de ilustración. Los derechos están reservados por sus creadores.



5 comentarios:

  1. Querido Ca, si bien es cierto que la imagen del piel roja mostrada por Ford en "Centauros del Desierto" es la del indio sanguinario, no creo que por ello podamos calificar a Ford de hacer un cine tendencioso con tintes racistas que tienda a justificar el genocidio de los nativos americanos. Como mejor argumento a mi afirmación esgrimiré "Cheyenne Autumn", su último western, una película con claros tintes de denuncia.

    En Centauros las preocupaciones del maestro Ford se centran en los aspectos formales y dramáticos. Ford ilustra en un fondo de una plasticidad sobrecogedora una historia trágica de dimensiones clásicas y pasa ampliamente del contenido social. Consiguiendo con ello una obra maestra que rebosa belleza, emoción y lirismo.

    Aunque yo también antepongo otros Ford a Centauros, creo que estamos ante una película "imprescinedible" del cine de todos los tiempos.

    Un abrazo y felicidades por tu estupenda y valiente reseña.

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  2. De acuerdo con el comentario de David, a estas alturas hay que dejarse de calificativos absurdos, y Ford tenía muchos, la mayoría falsos, o para que funcionase de telón con el mundo exterior. De centauros no voy a decir nada, ya lo explicas muy bien y hay cien mil reseñas, pero al final de su carrera parece querer reconciliarse con dos aspectos tratados de una forma, digamos complicada, los indios y las mujeres.

    Un abrazo.
    Roy

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  3. Poco que decir. Una película inmortal que ya forma parte de mi vida.

    Hace unos días pude disfrutar y ser el hombre más feliz de la tierra al verla en pantalla grande y en HD. Impresionante, la piel de gallina.

    Todavía se puede ver, estoy pensando en hacer otra escapada..

    Un abrazo.

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  4. Esa autopsia que le practicas a "THE SEARCHERS", tengo la sensación que se la haces sin ponerte a la distancia adecuada para apreciar bien la forma, medida y colocación de cada pieza y su función en el conjunto (por eso de que "los árboles no te dejan ver el bosque"). Además, el bisturí que utilizas debe estar poco afilado por lo antiguo del modelo.
    Análisis de este tipo que delatan una limitada y prejuiciosa valoración "política" del film, eran propios de la gente que en los últimos años sesenta escribían en revistas "comprometidas" como "NUESTRO CINE" (allí estaban, o en otras parecidas, los Julio Pérez Perucha, Antonio Castro, etc) y que si ya entonces, siendo yo un adolescente inquieto, me chirriaban un poco, leer cosas así ahora me produce un cierto sonrojo. Y por supuesto, no me lo arreglas aludiendo luego (o antes) a la apabullante belleza formal del film y la capacidad de Ford para crear universo propio. No cuela.
    Pero, en fin, tal vez yo sólo quiera ver lo que quiero ver en "CENTAUROS DEL DESIERTO". Es otra posibilidad, que para eso estamos hablando de cine.
    Un saludo.

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  5. En primer lugar, gracias por aportar vuestro granito de arena en la construcción de un diálogo sobre esta película. Respecto a lo que comenta David, sí, en la filmografía de Ford se constata una evolución en la caracterización de los indios hasta llegar a "El Gran Combate" en 1964 pero la reseña se refiere a esta "Centauros del Desierto" de la que, y me ratifico en mi percepción, parece colegirse una justificación sobre los métodos empleados en la fundación de los EUA, por elevar el hecho, precisamente y como comenta David, a categoría de epopeya. No hay que olvidar que el cine es un medio de educación informal, uno de los más poderosos y eficaces me atrevería a decir, y, por ello, aunque no se ponga énfasis en transmitir un mensaje, éste se puede inferir de las propuestas. ¿Es "El Triunfo de la Voluntad" una gran película? su concepción y ejecución es más que brillante, su idea se traslada de manera potente y, desde luego, de una forma más estentórea que la película que nos ocupa y desde un punto de vista también distinto, alejado de la alegoría escogida por Ford a través de la representación de una ficción, pero... la defensa del Partido Nazi la relega para muchos a cierto "malditismo".
    Querido Juez, como tu bien pareces expresar con ese eufemismo también constatas ciertos elementos conservadores en la ideología "fordiana" que no creo que sean cortinas de humo, más bien son fehacientes (al menos en este film) puesto que sería un tanto extraño promulgar unas ideas de manera repetida y no creer en ellas.
    Por último, Teo, desconozco esos análisis que mencionas pero, en fin, transito por el mismo sendero que ellos por lo que leo y respecto a lo que aduces sobre la antigüedad de la conclusión a la que llego que, créeme, se encuentra lejos de estar sustentada en un prejuicio aunque no tenga manera de demostrarlo, sólo cabe decir que el debate sobre la génesis de los USA no está cerrado, ni mucho menos, y que Ford adopta y traslada en esta película una visión personal sobre los hechos de la que discrepo por convicción. Referir el componente plástico del filme por mi parte no pretende desviar la atención sobre la "previsible apostasía" que cito en la reseña, sino constatar un mérito innegable que despliega Ford. En cualquier caso y a pesar de las discrepancias, es muy bonito hablar de cine y más aún lo es poder hacerlo con cinéfilos como vosotros. Un placer.
    Un último apunte, hay que recordar que el mismo Ford decía que él sólo hacía películas pero...la idea subyacente está presente. Un saludo.

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