24/12/14

Las Zapatillas Rojas


Estamos ante la película más reconocida y conocida del reputado y siempre interesante tándem formado por el director Michael Powell y el escritor Emeric Pressburger, una pareja simbiótica que alcanzó a producir en pleno período de oro del cine británico unas cuantas de las joyas más preciadas de esta cinematografía. Desde Narciso Negro o A Vida o Muerte hasta esta obra inspirada en un cuento de Andersen pueden ser testimonio de la afirmación anterior. En este sentido, el dúo es punta de lanza y elemento destacado de un, por aquella época, cine británico pletórico y de extraordinaria salud conformado, entre otras, por las divertidas comedias destiladas por la Ealing o el sobrio trabajo de realizadores como David Lean o Carol Reed, hecho que aún realza más el tamaño de la figura de los autores de la película que nos ocupa. Desde una concepción personal de lo que es y debe ser el arte cinematográfico la pareja en cuestión construyó a lo largo de su alianza una obra que cualquier aficionado al cine no puede despreciar y que casi, casi, podríamos decir que debe conocer o, cuanto menos, a la que debe acercarse. En ocasiones, su propuesta parece muy avanzada a su tiempo y, desde luego, casi siempre destila un halo de extrañeza formal y en el ejemplo que nos ocupa las cosas no podían ser de otro modo. La manera de entender el cine de Powell y Pressburger parte de unas premisas en las que cualquier elemento que afecte al conjunto está totalmente controlado, podríamos decir que se trata de un cine de laboratorio en el que el color, la música, el maquillaje y los decorados, entre otros, dotan a sus películas de una ampulosidad que hace brillar el artificio cinematográfico. Y hay que decir que esta artificiosidad entronca con la esencia del género musical, género artificial por definición, y, en consecuencia, nos depara momentos absolutamente mágicos como el del ballet que aquí representa el cuento de Andersen, un prodigio cinematográfico, sin duda. Es esta la punta del iceberg pero el conjunto no deja de ser menos importante. Desde Las Zapatillas Rojas existe un antes y un después para el musical o, en otras palabras, ya nada volvió a ser lo mismo.



Y es que esta historia de entre bastidores, todo un éxito reconocido con la consecución de un par de Oscar (partitura y dirección artística) y alguna nominación más (entre ellas, película y guión), supone otro delirio de creatividad del dúo formado por Powell y Pressburger, capaces juntos de concebir y llevar a término un cine especial, de una textura única, propia y personal, algo así como un apasionado cine de estudio en el que la técnica y la estética se encuentran para explorar de la mano las posibilidades del lenguaje formal y narrativo del séptimo arte. El conjunto de la obra que ambos firmaron al alimón desprende un extraño poderío visual cuya cumbre se alcanzó con la anterior Narciso Negro y es, quizá, uno de los hitos más importantes del cine mundial, aunándose en ella innegables valores artísticos logrados a través de la conjunción de los elementos que conforman una película, de manera significativa el color pero también todo aquello que se refiere al diseño de producción, desde el maquillaje con el que se caracterizan los actores, los decorados pintados, la misma música y, aquí, el baile. Y estos atributos (y podríamos asegurar que aquí está lo significativo del Arte de Powell y Pressburger) fluyen en pos de un desarrollo dramático, sin confirmarse como florituras vacuas. El saber-hacer de la pareja, que recurre a sobreimpresiones, juegos con el montaje y el color, que cuida con mimo la puesta en escena, que sabe rodearse de unos colaboradores magníficos como pueda ser Jack Cardiff, uno de los más reputados operadores de la historia del cine y no sólo británico, descolla en este ballet sin canciones, versión ambigua del decimonónico cuento de Andersen del que se constituye como doble adaptación ya que, por una parte, se acerca a él desde el propio relato, pero también lo visita con el sublime e intenso ejercicio emocional que es el ballet ya mencionado. Revisión paralela del material original que dispone capas de complejidad y añade mayor contextura al producto. Es necesario en este punto volver sobre la representación escogida del cuento original a través de la danza clásica porque la conjunción de la música y el baile con diferentes elementos cinematográficos, como la iluminación empleada, esos trucos con el montaje o ese uso de las sobreimpresiones citados antes, logra canalizar toda la carga expresiva de esta arte escénica a través de ese otro arte que es el cine.


La pareja de cineastas demuestra una vez más su creatividad desbordante y su originalidad innegable en otra propuesta cuidada y estudiada al máximo en la que los recursos del medio son explotados para converger en una fantasía musical que destila una aura de cuento mágico (excepcionalmente plasmada en determinado momento en el que la protagonista ataviada con un traje de gala rematado con corona asciende por las escaleras de una mansión, a punto de recibir la noticia de su elección como protagonista de la nueva obra de la compañía) y sobre la que se vierten otras artes (pintura y danza) que colman un rico crisol. El esmerado empeño en todas las facetas del diseño de producción firmado por Hein Heckroth, por supuesto, la brillante dirección artística de Arthur Lawson, el uso exuberante del Technicolor y la misma labor de Jack Cardiff, o la partitura de Brian Easdale (otro asiduo del dúo) acaban por conformar bajo la batuta de Powell y Pressburger otro ejercicio de cine personal casi ineludible para los aficionados. En esta historia basada en la música (o la danza clásica, si se quiere) y el color, ambos pilares fundamentales en el cine de Powell y Pressburger, tampoco se puede olvidar el debut de la pelirroja Moira Shearer, quien sale bien librada de las exigencias dramáticas de su personaje, o la presencia de otros bailarines profesionales como ella: Ludmilla Tcherina, Léonide Massine y Robert Helpmann; éste último ejerciendo también como coreógrafo titular del excepcional número de título homónimo al de la película, aunque Massine se encargó de la creación de los pasos de su propio personaje del Zapatero. Para completar este elenco Powell y Pressburger escogieron a dos intérpretes con los que ya habían trabajado con anterioridad, el extraño y simpático "ángel" de A Vida o Muerte, Marius Goring, y el soberbio actor de origen austríaco Anton Walbrook, que aquí ejerce de trasunto del crítico, mecenas y empresario ruso Sergei Diaghilev, un papel complejo del que da buena cuenta con su característica riqueza de matices y su encantador magnetismo personal.



Las Zapatillas Rojas tiene hoy día enorme reputación y entre sus seguidores confesos encontramos personalidades que quizá para la audiencia actual sean más conocidas incluso que sus propios autores, tal es el caso de Martin Scorsese, quien, además, se encargó de auspiciar una ardua restauración para la que contó con su montadora habitual y viuda de Michael Powell, Thelma Schoonmaker. Podemos concluir que, en definitiva, estamos ante un trágico ballet, precursor de la modernidad de uno de los géneros cinematográficos más emblemáticos, con el que The Archers vuelven a dar en el blanco de la diana.

Las imágenes se han encontrado tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos están reservados por sus creadores.

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