21/6/13

A Vida o Muerte


A Matter of Life and Death, Michael Powell & Emeric Pressburger, 1946, GB, David Niven, Roger Livesey, Raymond Massey.

Qué duda cabe que el tándem formado por Michael Powell y Emeric Pressburger consiguió animar la escena del cine inglés durante la décadas de los años cuarenta y cincuenta, período en el que firmaron un buen ramillete de clásicos incontestables no ya sólo del cine de su país sino también mundial. Un puñado de grandes películas concebidas desde la más asombrosa creatividad y que desprenden una visión sumamente original sobre el arte cinematográfico. Mirada personal que desemboca en la gestación de productos como este asunto de vida o muerte cuya imaginación desbordante obliga al espectador a emprender un viaje fantástico comandado por el pensamiento mágico, un esfuerzo similar o que, como mínimo, recuerda al de otros grandes creadores. Puede que en su propia época la obra de esta pareja cayera en ocasiones presa de una mayoritaria incomprensión pero en la actualidad su estatus como cima de la expresión cinematográfica es incuestionable y su creatividad es indudable. La contribución de este dúo, un raro caso de colaboración simbiótica, se ha demostrado como uno de los máximos focos de interés histórico del cine británico, equiparable a las deliciosas y contemporáneas comedias negras  producidas en los Estudios Ealing.


En A Vida o Muerte se puede encontrar sin dificultad la habitual aura mágica de las producciones de esta singular pareja, la mayoría de las cuales se gestaron bajo el paraguas de su propia compañía (Archers Films Productions), y, asimismo, despliega  su característica riqueza temática. Además, ahonda en otra de sus marcas de fábrica aguzando en su textura visual a través de un uso emocional y dramático del color que otorga una suerte de cualidad pictórica a las imágenes. Peculiaridad del cine de estos arqueros manifestada en múltiples ejemplos desde la posterior Las Zapatillas Rojas hasta Narciso Negro, sin ir más lejos. Pero aquí se ponen en liza, además, unas brillantes transiciones que viran el color en blanco y negro (y viceversa) como recurso narrativo. Una extraña inversión o subversión maliciosa (quizá) de un célebre clásico de la fantasía. Un empleo del color que dota a la propuesta de uno de sus más claros y recordados atributos y que viene a completar la fábula mágica en que se constituye la misma. Y la fantasía desprendida se corona con humanidad y naturalidad prodigiosa. La frescura que rezuma este clásico se mantiene incólume a día de hoy. Un guión inteligente salpicado de fino humor que trata de asuntos mundanos y que alcanza a trascender, con mucho, el trasfondo político de realización del film (dominado por el deterioro de las relaciones USA-GB) es la causa de su vigencia. Es cierto que determinado sector de público puede definir el mensaje subyacente a esta película como optimista y bienintencionado, hasta algo cándido, puede que otros piensen que la suspensión de la incredulidad tiene un límite y, desde luego, éste es rebasado por una historia de amor que puede llegar a cambiar las leyes universales (o celestiales) pero la línea de ambigüedad marcada por Powell y Pressburger que no permite discernir si lo narrado pertenece a la realidad o la fantasía del relato fílmico, eleva el tono del producto a un nivel metacinematográfico. Arrojado a esta tesitura, moviéndose en los planos de realidad y de imaginación el espectador debe decidir si lo acontecido es real o sólo sucede en la mente del piloto encarnado por un divertido David Niven, personaje que disfruta de una segunda oportunidad brindada por un más divertido aún Marius Goring y apoyado por Roger Livesey, actor de peculiar voz y de gran prestigio en el cine y el teatro inglés. Para algunos el brillante, original y superlativo plano desde el interior del ojo del protagonista, digno del celebérrimo de otra "extraña pareja", Buñuel y Dalí, arroja luz al respecto de la realidad o irrealidad de los acontecimientos del relato.

El complejo y rico tono emocional encuentra fresca expresión en un envoltorio visual sustentado en los pilares dispuestos por el operador Jack Cardiff y el diseño de producción de Alfred Junge, habituales colaboradores en la filmografía de Powell y Pressburger. Cardiff, que devino con el paso de los años uno de los más reputados directores de fotografía del cine británico iniciaba su andadura para la pareja como primer espada  y contribuye al mencionado colorido dramático y narrativo. Los escenarios concebidos por Junge consolidan la prioridad de la imaginación en el proyecto y llegan a despuntar hasta el punto de que uno de sus elementos goza de una popularidad enorme entre los aficionados al cine. Trufada de estos y más trucos, de copiosa verbosidad y abundante humanidad esta película se consolida como encantadora, natural y amena. Cualidades que siguen descubriéndose en sucesivos visionados, los cuales se hacen necesarios dada la multiplicidad de capas cromáticas y dramáticas que atesora. Como también se torna imperiosa para quien dice que le gusta el cine la necesidad de acercarse a la obra de Powell y Pressburger para, al menos, conocerla.



Las imágenes se han encontrado tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos están reservados por sus creadores.

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