26/3/11

El Mago de Oz



The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939, EEUU, Judy Garland, Frank Morgan, Ray Bolger.

La recreación cinematográfica del mundo ideado por el escritor L.Frank Baum supuso un hito en el cine infantil difícilmente superable aún hoy en día. Puede gustar más o menos pero el hecho del hechizo que ejerce sobre los pequeños (y no tan pequeños) es innegable. Un tanto envejecida con el paso de los años, de estética demasiado "campy" en algunos aspectos (el vestuario de los Munchkins) pero con unos méritos irrefutables si consideramos el conjunto del diseño de producción, este producto de la Metro que catapultó a Judy Garland es casi de obligado visionado para cualquier aficionado al cine. La mayoría de decorados son magníficos, los efectos especiales son trucos de imaginación sorprendente (recordemos los medios mucho más limitados de la época) y el viraje del sepia al mágico Technicolor es un valor incuestionable del filme y no podemos olvidar el original maquillaje que lucen muchos personajes.

Promovida por el impacto comercial cosechado por el clásico de Disney Blancanieves y los Siete Enanitos hasta el punto de plantearse en origen una bruja similar a la Reina Madrastra por el cerebro de la producción, Mervin LeRoy, esta aventura infantil por la que desfilaron media docena de directores y un sinfín de guionistas además de postularse u ofrecerse los personajes a unos cuantos actores y actrices, ha pasado a la historia; prueba de ello es su irrupción en la cultura popular (especialmente la estadounidense) y/o su significación para parte de la comunidad homosexual. Pero por encima de cualquier otra consideración El Mago de Oz es uno de los grandes paradigmas del cine de estudios: superproducción de la Metro -la más cara hasta aquél momento- en la que todos y cada uno de sus detalles están concebidos y ejecutados para dar sentido y unicidad al producto final. Todos los integrantes de la película funcionaron como elementos especializados conocedores de su rol en el conjunto de la maquinaria.

Es asombroso descubrir que cada traje Munchkin es diferente y está concebido para ese personaje en concreto así como también el maquillaje de cada uno es individual, este ejemplo demuestra la minuciosidad en la gestación de la obra y revela el funcionamiento de los estudios. Mervin LeRoy consiguió rodearse de la nómina de profesionales expertos que integraban la productora (Cedric GibbonsJack Dawn o Adrian cada uno de ellos el más reputado en su campo, el mismo Victor Fleming) e implicar en el proyecto al productor musical Arthur Freed quien posteriormente desarrollaría una carrera relevante en el género y aquí se convirtió en pieza clave para entender el éxito de la faceta musical del filme. Las canciones de Harold Arlen y "Yip" Harburg entre las que destaca Over the Rainbow (todo un estándar y mil y una veces re-interpretada) y la partitura de Herbert Stothart consiguieron hacerse acreedoras a sendos Oscar y han pasado a formar parte de la música popular.

De las incontables vicisitudes que acaecieron durante el rodaje (desde la triste historia de Buddy Ebsen que iba a interpretar al Espantapájaros en un principio y acabó en el hospital por inhalar el polvo de aluminio del maquillaje de su Hombre de Hojalata al permutar con Ray Bolger el papel perdiendo la posibilidad de participar en el filme o el accidente que provocó a Margaret Hamilton quemaduras en su rostro y manos) o antes del mismo (las pruebas con otros actores, incluso el interés por Shirley Temple para interpretar a Dorothy) y de las anécdotas (Toto era hembra en realidad y ya contaba en su currículum con películas como Furia, la "invasión" de los Munchkins que vivió el estudio, las penalidades por las que pasaron algunos al llevar el maquillaje o los trajes respectivos) se ha escrito gran cantidad de literatura y su conocimiento da muestra del interés suscitado a lo largo de los años por esta costosa producción. Desde su estreno la obra consiguió un rotundo éxito pero su elevado coste no permitió una gran rentabilidad económica. Los personajes ya eran muy populares desde la publicación a principios de siglo de la primera novela de la Tierra de Oz e, incluso, circulaba gran cantidad de productos de "merchandising" de los mismos, así pues el listón estaba alto pero la MGM fue capaz de sobrepasarlo y elevarlo a cotas cuyo alcance es complicado.



Mención aparte merece el impulso que para la celebridad del filme supuso la TV: en 1956 se estrenó en la pequeña pantalla y pese al reducido número de televisores en color la película consiguió tal impacto que tres años más tarde se instauró como tradición en EEUU su pase anual, rito que se repitió en aquél país durante décadas. La película es todo un fenómeno sociológico en los USA y colateralmente, dado el colonialismo cultural y pese a no llegar a tener tanta envergadura, en el resto del mundo...el camino de baldosas amarillas o la futurista-Art Decó-medieval Ciudad Esmeralda están en el imaginario colectivo sin duda alguna.

De argumento fácil de seguir narrado con sencillez y funcionalidad clásica, esta aventura infantil consigue entretener y en ella destaca el empleo del color en la parte que transcurre en la fantástica Oz; en este aspecto el segundo largometraje de la Metro en rabioso Technicolor supuso un oasis en la trayectoria del estudio, bastante reacio a aumentar el coste de sus producciones por utilizar el poco rentable proceso en aquellos tiempos (y eso que la productora ha pasado a la historia como ejemplo del uso del color, recordemos Lo Que El Viento Se Llevó), la reticencia se manifiesta en el siguiente musical de Arthur Freed, dirigido por Busby Berkeley e interpretado por Mickey Rooney y Judy Garland, el prescindible Hijos de la Farándula, rodado en blanco y negro y de apabullante éxito y del que destaca la inclusión en su banda sonora del tema Good Morning.



Volviendo a nuestra Mago de Oz, reseñar la correctas interpretaciones entre las que descolla Ray Bolger, un bailarín que por la admiración que sentía por Fred Stone -el Espantapájaros de la versión teatral de principios de siglo- se empeñó en asumir el rol para desgracia de Buddy Ebsen ¡qué pena que el número musical dirigido por Berkeley en el que se presenta al personaje fuera eliminado del montaje final para reducir la duración de la película! Frank Morgan ejecuta varios personajes y Margaret Hamilton, por razones evidentes y sin olvidar sus dotes artísticas, es una buena bruja (si bien hubiese sido curioso ver a la elección original, Gale Sondergaard, con el maquillaje que se preparaba para afearla).

Todo un éxito apuntado en el haber de Mervin LeRoy, verdadera alma máter del proyecto y a quien muchos párvulos de diferentes generaciones le deben un buen rato de diversión, y en el saco de la Metro que poco después haría saltar la banca con Lo Que El Viento Se Llevó, "pero eso ya es otra historia".

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