16/3/14

Carta de Una Desconocida


Letter from an unknown woman, Max Ophüls, 1948, EEUU, Joan Fontaine, Louis Jourdan, Mady Christians.

Considerada en la actualidad como una de las cimas del cine romántico Carta de Una Desconocida pasa también por ser, para muchos, el mejor trabajo de la etapa americana del realizador de origen alemán Max Ophüls, un cineasta sumamente elegante y cuyo apellido, en otro orden de cosas, queda americanizado para la ocasión en los títulos de crédito. Con una trayectoria profesional iniciada en el teatro y en los estudios UFA y que se repartió entre su país natal, los EEUU y Francia -su patria de adopción- Ophüls consiguió labrarse una reputación de cineasta inteligente y sensitivo, muy habilidoso en eso de captar la psique de los personajes femeninos en melodramas de época, por una parte, y, por la otra, en desarrollar un trabajo con la cámara de extraordinaria sutileza plasmada en movimientos elegantes y sofisticados, una verdadera coreografía armónica, suave y delicada que se ajusta en sus relatos como guante de seda a las manos de sus protagonistas. Y tal es el caso de esta brillante adaptación de la excelente novelita (por su corta extensión) del escritor austriaco Stefan Zweig, otro varón que sabía introducirse en el género débil con particular pericia (desde luego, podríamos decir que en un grado muy diferente al de otras personalidades modernas). Desde luego que Ophüls sale bien librado del empeño y construye una obra notable que discurre con una sutileza exquisita y de manera fluida y moderna desde una espléndida puesta en escena que capitaliza y sirve de muestra del buen gusto y del estilo de este director. Si con Lubitsch se habla de toque ¿por qué no hacerlo con Ophüls? No en vano, aquí es capaz de firmar una obra de solidez aplastante y extrema sensibilidad a partir de los clichés genuinos del melodrama. Algo que es posible gracias a su talento y también al del guionista Howard Koch, encargado de sentar las bases de la traslación del trabajo de Zweig a la gran pantalla y que sirve un libreto convenientemente tratado en el que desaparecen ciertos elementos del original que podrían resultar problemáticos o polémicos (la prostitución de la protagonista), aparecen otros de evidente reclamo dramático (el duelo con el marido herido en su orgullo, la transformación del trabajo de la protagonista como llana dependienta en modelo de alta costura) y se acomodan algunos a los parámetros del melodrama (la condición artística de él pasa de novelista a músico, vocación a fin de cuentas que se ajusta al género con naturalidad, ahí está el origen etimológico del término que une la música con el drama) o, simplemente, se ajustan al código cinematográfico (los tres encuentros sexuales que mantiene la pareja protagonista se reducen a uno). En suma, un guión preciso del que podemos pasar por alto algún pequeño desliz desde el (imposible) punto de vista del  narrador.


Recibida con tibieza por el público y la crítica de la época esta obra estilosa disfruta hoy de una enorme reputación entre el aficionado, una consideración que trasciende el mismo género del melodrama. Su historia de amor maldito, articulada con una voz en "off" y estructurada con largos flash-backs, elementos que la pueden emparentar de manera lejana con las ficciones negras, apela a las emociones del espectador y sigue los cánones del género melodramático, conformándose la película como intenso exponente de éste. El proyecto personal de Joan Fontaine (la producción de la película corrió a cargo de Rampart Productions, propiedad de su, por aquel entonces, marido, William Dozier) no podía encontrar mejor director que Ophüls cuya habilidad queda patente y es palpable si reparamos en los refinados y distinguidos movimientos de la cámara y en detalles muy precisos que acaban conformando una exquisita puesta en escena. Por no hablar de la sabia utilización de la partitura de Daniele Amfitheatrof, nunca excesiva y que completa la emoción desprendida de las imágenes para su interpretación por la audiencia. No cabe duda que Ophüls consigue que la historia de amor no correspondido ideada por Zweig a principios de los años 20 tenga una meritoria traducción en el cine, hasta es capaz de representar en la pantalla el simbolismo otorgado en el relato original a ciertos objetos (rosas blancas) o de crear otros (las escaleras que conducen a la casa del galán encarnado por un correcto y apuesto Louis Jourdan). El cineasta europeo alcanza a adentrar al espectador y hacerlo testigo de los momentos de intimidad de la pareja con una sensibilidad digna de elogio, tan delicada como los sentimientos de la protagonista. La historia se desenvuelve con tersura admirable de la mano de la clase de su director, quien también contó con el inestimable diseño de producción de Alexander Golitzen para dar vida a la Viena de principios de siglo. Y, por supuesto, mención especial merece la interpretación de la estrella Fontaine, aunque al principio nos cueste creer que es una adorable niña de trece años (la actriz ya estaba en la treintena cuando se rodó el filme) acaba por componer un estupendo trabajo. Toda una guinda para una película atemporal con la que es difícil no emocionarse, que hace justicia a su magnífico original literario y de la que otros cineastas como James Ivory han tomado buena nota.


Las imágenes se han encontrado en la Red tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos están reservados por sus creadores.

6 comentarios:

  1. Junto a Madame De... y La Ronda las tres obras maestras de este dirctor, como dices elegante y con toque, efectivamente no solo el gran Lubits lo tiene, esta es a pesar de Jourdan (a mi no me gusta la verdad) una delicia de principio a fin, y me creo los trece años de la Fontaine y lo que haga falta...los momentos en la opera con Don Giovanni son la pera...Gran reseña de una pelicula que venero.
    Saludos.

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  2. Si es que, en el fondo, somos unos románticos, querido Addison. Un saludo.

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  3. En su exilio americano, el alemán Max Ophüls realizó varias obras importantes, entre las que destaca esta embelesante película, una de las cumbres del cine romántico (junto a títulos como “JENNIE” y “EL FANTASMA Y LA SRA. MUIR”), bañada por una vaga tristeza (también como aquellas) y que compendia todas las virtudes, no siempre reconocidas, que adornaron su cine: la elegancia formal al servicio de la historia, una sutil introspección en el alma femenina y el estudio de algunas patologías del amor. “CARTA DE UNA DESCONOCIDA” es una tragedia en la que de nuevo la mujer vuelve a ser la víctima del egoísmo del hombre y de la fatalidad (recordar su "LIEBELEI"), narrada con un rigor clásico con frecuencia definido por suaves y prolongados movimientos de cámara y enmarcado en la belleza de una maravillosa Viena recreada en decorados.
    Joan Fontaine, una de las mejores actrices que nos ha dado el cine de Hollywood (basta rememorar sus composiciones en "REBECA", "SOSPECHA", "NACIDA PARA EL MAL" y "MÁS ALLÁ DE LA DUDA"), está maravillosa en las diferentes edades de la obsesionada protagonista. Hasta Louis Jourdan está bien.
    Un saludo.

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    1. Me alegra verte por aquí de nuevo,Teo y también me satisface congeniar contigo en las apreciaciones sobre la elegancia de Ophüls. Nombras una estupenda película, casi parada obligatoria para el cinéfilo de pro y romántico empedernido, como es la de Mankiewicz y a la que creo recordar dedicaste hace un tiempo una entrada en tu blog. Ambas obras podrían conformar un magnífico programa doble de cine romántico, ¿no crees?. Saludos.

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  4. Una historia trágica alrededor de un amor que se consuma fugazmente pero con una intensidad que marcará para siempre a sus protagonistas (a ella, por supuesto, pero también a él, aunque tarde demasiado en darse cuenta). La puesta en escena de Ophüls es magistral. Saludos.

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    1. Así es, la puesta en escena es una de las virtudes de esta película. Posiblemente la a mejor manera de llevar a la pantalla la Viena que aparece en la novela de Zweig sea la escogida por Ophüls, al menos a mí me parece muy difícil imaginar otra. Salutacions.

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