27/9/15

El Demonio de la Armas



Mítica cima de la más genuina serie B, esta joya del cine negro y obra de culto que sirve de portada para libros temáticos sobre el género es parada obligatoria no ya para los amantes del mismo sino también para todo aquel que dice gustarle el cine. Rodada con una clarividencia envidiable por Joseph H. Lewis, uno de esos directores cuasi-olvidados (por no decir absolutamente desconocido para la mayor parte del público actual) de la época dorada del Hollywood más clásico, quien aquí deja patentes sus extraordinarias dotes cinematográficas legando para la posteridad el plano-secuencia más reconocido de la historia del género (con permiso del inicial de Sed de Mal, como ven estamos pronunciando palabras mayores), El Demonio de las armas es una obra de auténtico cine, puro deleite para el cinéfilo de pro, además de una cinta rompedora en su aspecto visual y demoledora en su tratamiento de la sexualidad que, ya de paso, ha ejercido magna influencia en movimientos emblemáticos de la historia del cine y en obras más conocidas que ella misma.



Partiendo de un relato de Mac Kinlay Kantor que el "blacklisted" Dalton Trumbo se encargó de adaptar bajo seudónimo la película despliega a través de una modernidad apabullante una historia de "amour fou" vivido por unos protagonistas sin futuro y condenados a una mortal marginalidad de la que no hay escapatoria. Un extraordinario, imponente y vanguardista ejercicio de cine que captura el etos de la sociedad norteamericana de posguerra mediante la exposición del más crudo y descarnado realismo, podríamos decir, parafraseando al Dr. Luis Lapuente cuando define el sonido destilado en la factoría Stax que estamos refiriéndonos a una obra dura, afilada y carnosa. Desde luego, la carne y la pasión son motor de la historia, algo ejemplificado de modo contundente en la magistral escena en la que Peggy Cummins, envuelta en su albornoz, marca el destino del vulnerable John Dall, arrastrándolo de manera inevitable hacia el fin, consecuencia lógica del descenso a tumba abierta que ya habían emprendido ambos desde el momento en el que se conocen, un duelo de tiro al blanco que se constituye como otra colosal prueba de las dotes de Lewis para poner al espectador en la piel de los protagonistas y hacerle comprender que el destino de la pareja está sellado. En este sentido, el último acto desesperado de Bart no es más que la consumación de la fuerza de carácter absoluto que ejercen los hados sobre su compañera y sobre él mismo.


-"I want to do a little living...Bart, I want things, a lot of things, big things. I don't want to be afraid of life or anything else. I want a guy with spirit and guts".
La narración, caracterizada, por una parte, por la economía, desarrollada sin concesiones y dominada por la violencia más despiadada pero no por ello carente de una carga emotiva extrema presente en algunos instantes de máxima belleza como el de la fugaz -por imposible- separación de la pareja protagonista, y, por la otra parte, por la que sobrevuela la más descarada sexualidad permitida (y no permitida) por las normas del Código Hays, dirigida con pulso firme por Lewis nos adentra de pleno en el corazón de las películas de carretera con ese aura rebelde de la pareja y la huida hacia ninguna parte en la que viven los protagonistas, nos golpea con temas tabúes y plantea otros muy vigentes. Así, la factura formal vanguardista se conjuga con la modernidad y el interés de su temática, siendo notorio el uso del sexo en el avance del relato. Es la carnalidad, como tantas otras veces en el noir, la que hace sucumbir al anti-héroe. Es el uso de la lujuria el mecanismo con el que la mujer fatal pretende alcanzar el estatus de vida deseado, pero aquí surge una particularidad respecto a otras congéneres: Annie Laurie Starr está enamorada hasta el tuétano de su víctima, para la que acaba siendo una especie de Mantis personal.


La liturgia carnal de los protagonistas sobre la que se va a edificar su relación queda plasmada de manera alucinante con el cortejo que es el duelo ya citado que transcurre en la feria, a partir de ahí una profunda y poderosa puesta en escena enfatiza la atracción fatal que sienten los protagonistas cuyo comportamiento jamás es juzgado, es expuesto sin moralismos ni ambages. La pareja cae víctima de un extraño encantamiento marcado por la atracción sexual que la condena a vivir para matar, camino emprendido con el amor como impulso del crimen y allanado por la compulsión incontenible que sienten hacia las armas de fuego, una suerte de fetiche propio que comparten y que los acerca hasta casi ser uno. Para dar corporeidad a los amantes, a ese inestable y violento trasunto de Annie Oakley que es Annie Laurie Starr y al vulnerable y sensible buen chico Bart Tare, unos actores cuasi desconocidos de los que el director quedó más que satisfecho, Peggy Cummins y John Dall (del que, por cierto, Hitchcock -¡cómo no!- ya había sabido sacar su lado oscuro ).



Desde las profundidades de la serie B y valiéndose de un realismo brutal y sorprendente que, por momentos, se empareja con el tono documental, Joseph H. Lewis logra la estilización del noir  y consigue encontrar una forma única y específica que hace de "El Demonio de las armas" una película reconocible, de estética marcada y en la que destacan sobre el conjunto algunos instantes imborrables, como el del atraco al banco o el que se comete en el matadero, ambos rodados de manera brillante pero bien diferente, que hacen de esta cinta una obra moderna, ágil, dinámica, fresca, innovadora e inventiva. Lewis, seguro de sí mismo y conocedor de los entresijos de su oficio, apoyado, fundamentalmente, en el manuscrito de Trumbo y en la labor del operador Russell Harlan y del montador Harry Gerstad mece los sucesos duros y violentos que cuenta en las redes del negro, la textura del género se hace visible con este realizador que fue capaz de decir no a la industria con su temprano retiro y que, comenzando como ayudante de cámara y montador, pasó a dirigir westerns de bajo presupuesto que le valieron el apodo de "Wagon-wheel Joe" por sus imposibles composiciones que ponían los radios de las ruedas de carro o cualquier otro elemento en primer término, para llegar después al género negro y terminar su trayectoria profesional en la pequeña pantalla con series del oeste, allá por los años sesenta.



Puede que los espectadores de la época no estuvieran preparados para la audacia de esta película o puede, como el mismo Lewis reconoció, que su obra no tuviera detrás una organización para su distribución ya que la compañía United, estudio que la compró a sus productores, los hermanos King, estaba en pleno proceso de reconstrucción, sea como fuere, la película fue un fracaso en toda regla y eso pese a que a algún iluminado (para desgracia de Lewis como el mismo dijo en alguna ocasión) se le ocurrió exhibirla con el título "más comercial" de Deadly is the Female. Pero hoy podemos concluir que Gun Crazy es una extraordinaria película, sin ánimo de extenderme más ya que los hechos hablan por sí solos:




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Sólo para...(29)

...fans de la Garbo (y/o de Billy Wilder y/o de Lubitsch)

Ninotchka (Ninotchka),  E. Lubitsch, 1939, EEUU. 





31/7/15

Dos Semanas en otra Ciudad

Les voy a contar una historia sobre cine...
Two weeks in another town, Vincente Minnelli, 1962, EEUU, Kirk Douglas, Edward G. Robinson, Cyd Charisse.

Pues sí, ya estoy aquí de nuevo, esta vez con una sobre cine pero antes de comensar allá que se ponen en juego los tartufos: en esta peli salen como "feliz" matrimonio los monstruos de Claire Trevor (La Gran Dama del Cine Negro) y Edward G. Robinson (EG para nosotros, a partir de ahora y para siempre), pero ¿alguien sabría decir que otra peli comparten como cabezas de cartel, ella haciendo de ¡hampona!? (La siguiente pista es que también sale un tipo que años más tarde acabaría superándolos en fama y estatus icónico). Después del tartufo...


Podríamos ir a retozar a la playa (cosecha del tiempo)
Un melodrama del colorido Minnelli, un tío recordado por el pueblo gracias a sus musicales pero empeñado en hacer otras cosas llenas de luz y de color, hasta el punto que muchos aficionados (y aficionadas) también se acuerdan de él por cosas como -¡ups! está es en blanco y negro- Cautivos del Mal (ya sabréis asiduos visitantes de este entrañable lugar que la auto-promoción se me da más que bien) y seguro que a más de uno (y una) se le vienen así sin pensarlo demasiado alguna que otra más del colorido Vincente. La verdad es que Minnelli tiene caché en la actualidad y que los tenía bien puestos era atrevido, vaya, sólo hay que reparar en su ópera prima íntegramente interpretada por actores y actrices negros a principios de los cuarenta para comprobar esto último (y aquí también canta una artista de color cual es Leslie Uggams, lo que me da para hablar de la soundtrack que incluye canciones pop como el Dracula Cha Cha Cha que sigue a continuación). 



Aquí, Vincente, con un reparto estelar encabezado por su conocido Kirk Douglas (a día de hoy quizás el último superviviente del Hollywú Clásico que tanto nos gusta en este espacio, bueno, Olivia aún sigue por aquí también) y por un EG que actúa como premonitorio trasunto del propio realizador al encarnar a un viejo director aferrado al pasado, no puede evitar incurrir en estrepitoso fracaso comercial corroborando los estertores de la MGM y casi, casi que de una época. Ni la chica de las piernas taaan largas, ni savia nueva como el galán a lá Dean -doble del guapo Beatty (no dejen de leer la reseña de Bonnie y Clyde en este blog) - de George Hamilton, ni la aparición de algo así como estrellas europeas o proyectos de (Rosanna Schiaffino, Daliah Lavi), ni contar los trapos sucios de los rodajes y el mundillo, salvan el asunto de la bancarrota.


La soledad del cineasta ante su obra
Lo que no se le puede negar a Vincente, uno de los cineastas que mejor supo contraponer la realidad y el sueño-escape-deseo que le son propios a esto del cine, es que en esta película crea una sensación de sueño-pesadilla que en la borrachera de Kirk (spoiler) se eleva a potencias cósmicas. Vale que el clímax final con esa arcaica escena en el coche quede deteriorado y no sólo por la apariencia "viejuna", pero antes hemos captado un poquito del frenesí de un rodaje cinero que aunque no resista las comparaciones (que siempre son odiosas e inevitables) con su hermana mayor (o sea, Cautivos del Mal) y tenga un resultado irregular, puede picar la curiosidad de aquellos a los que les mola esto de las pelis sobre el cine (vamos, lo que en el blog llamamos MetaCine. Sí, podéis pinchar en la etiqueta en cuestión para leer sobre más pelis de este rollo). El conjunto parece sincopado, como incómodo de ver, estridente diríamos, incompleto puede ser, pero hay que reconocer que la versión definitiva está (como Vincente denunció en su momento) mutilada. Aún reconociendo que muchos personajes acaben desdibujados y funcionando como estereotipos y esa sensación de película incompleta ¿disculpamos a Vincente? Ay, pero las tijeras sí me permiten discernir el tono decadente y neurótico del mundo cinero que expone Vincente y lo que para servidor es un acierto mayúsculo: la captura de la vida nocturna y la de la calle romana.


Perdido entre varias aguas

Estamos ante un melodrama para bien y para mal y estéticamente muy de su época que seguro que en pantalla grande gana, que traza líneas en torno a las inseguridades/dependencias, los fracasos personales y las crisis existenciales, pero que acaba siendo algo raro, con unos cuantos (auto) guiños vía los clips de Cautivos que introduce Vincente (si EG es ese remedo del propio Vincente es algo que ud, amigo, debe juzgar) y que, además, tiene la curiosidad de ver a la chica de las piernas taaaan largas en un (esto va a quedar fino) cometido dramático. Ahora, para terminar y por fin, una de curiosidades que tanto suelen gustar pero va a ser usted el que las va a desmenuzar: Vincente se basa en una novela -sobre la que efectuó los oportunos y correspondientes cambios que consideró, faltaría más- de un reconocido escritor, uno de cuyos otros trabajos dio pie a una exitosa serie de TV (muy popular en nuestro país en su momento) por la que aparecía un superhéroe que se cabrea mucho (y que en origen era gris pero por problemas en la impresión acabó siendo del color por el que todo el mundo lo reconoce hoy). Así que, tenga un papel activo y averigüe quien es el novelista, la serie y el superhéroe y de paso el actor que lo encarna y, para rizar el rizo, compre un libro del caballero, vea la serie y lea un tebeo del personaje en cuestión que el verano es largo y da para esto y más, pero antes...


...una pista.

Tened en cuenta lo de los derechos de autor, sólo pongo las fotos por darle color a lo Minnelli, vaya, así que:

¡Acción!

29/7/15

Sólo para...(28)

...fans del musical, de Judy Garland o de Mickey Rooney o de Busby Berkeley y para investigadores y curiosos.

Los Hijos de la Farándula (Babes in Arms),  B. Berkeley, EEUU.


7/6/15

Ocho Sentencias de Muerte


Kind Hearts and Coronets, Robert Hamer, GB, 1949, Dennis Price, Valerie Hobson, Alec Guinness.

Absolutamente amoral, verdaderamente subversiva y realmente divertida, posiblemente la comedia más negra de la Historia del Cine, todo un atentado contra las buenas costumbres de la encorsetada sociedad inglesa, dardo envenenado que se clava en pilares como las clases sociales o la familia y andanada con muy mala uva contra todos los convencionalismos morales al uso. Así podemos considerar a esta película destilada por la Ealing, la compañía que dirigida por Michael Balcon (uno de los productores clave del cine británico en su etapa de esplendor) ha pasado a la posterioridad por una serie de comedias rodadas a finales de los cuarenta y hasta la mitad de la década siguiente desbordantes de exquisito humor negro, aunque en honor a la verdad desde esta ilustre compañía se han facturado más que comedias. En fin, para dar ejemplo de esa brillantez del cine británico en el período inmediatamente posterior a la II Guerra Mundial y para representar esas sátiras del citado estudio nada mejor que esta atrevida película en la que se puede disfrutar de un definitorio humor negro a partir de una premisa que haría las  delicias del mismísimo Thomas De Quincey. Un punto de partida ya de por sí audaz cuyo tratamiento por parte de Robert Hamer (realizador "maldito" de corta pero interesante trayectoria) acaba por convertirlo en todo un Coup d'État a los protocolos sociales y en acto de irreverencia extrema. El buen gusto en llevar el negro asunto por los derroteros del fino humor posibilita que el espectador asista divertido a una función por la que los personajes van siendo asesinados de múltiples maneras por el protagonista quien no duda en recurrir al ahogamiento y al envenenamiento, a provocar incendios o a desenvolverse a tiro limpio hasta alcanzar sus metas. Como ven se trata de un "héroe" al que podemos tildar de sociópata así como de premonitorio "serial-killer" -a buen seguro que el propio Patrick Bateman tomó nota de los actos de este Louis Mazzini- pero todo ello sin perder un ápice de compostura y ni una sola de sus elegantes maneras. No sólo aparece la cuestión delicada del asesinato en las andanzas del diabólico y calculador Mazzini sino que los "affaires" extramaritales hacen acto de presencia de manera diáfana y contundente, circunstancia que amplía el espectro de "anti-establishment" que podemos constatar en esta singular película, quizá la más salvaje, atroz y amoral de las que se rodaran en la Ealing. Y si alguien piensa que esto es exagerado únicamente hay que fijarse en el año de realización, poco después de terminada una conflagración que desarrollada a nivel mundial dejó una cantidad inusitada de víctimas. No obstante, el tono distante empleado evita la indecencia y el mal gusto hasta tornar un tema tan delicado en algo sumamente divertido, la audacia del objeto se convierte en causticidad humorística extrema y sus efectos corrosivos quedan como mordaz socarronería en el marco de un arriesgado pero triunfal ejercicio de humor a la inglesa.


Como digo un objeto aún muy crudo para la mayoría ¡imaginen recién terminada la II Guerra Mundial! que le sirve a Hamer, Balcon y compañía para lanzar un golpe directo al orden establecido que quien sabe si hubiera podido ser incluido por el Marqués de Queensberry en sus reglas, el caso es que estructurada en viñetas la andanada se descarga de manera unitaria sobre el tradicional sistema de clases, los convencionalismos morales e instituciones tan sacralizadas como la familia, con un despliegue de garbo e ingenio compuesto de fino humor y acerada ironía que hacen de ella la definición de comedia negra y, por supuesto, una recomendación obligada para los cinéfilos y también para los amantes de las Artes porque los ecos literarios asoman ya por el título original (basado en un poema de Tennyson) y los melómanos se congratularán por encontrar un fragmento de una famosa obra de Mozart en la partitura firmada por Ernest Irving. La adaptación con algún cambio de calado (comenzando por el origen judío del protagonista y por su apellido, coincidente con el de otro célebre productor inglés de la época) que Hamer y su co-guionista John Dighton hacen de la novela de Roy Horniman escrita a principios del siglo pasado ha quedado para la posteridad como una estupenda película, qué duda cabe.


Por último, no podemos dejar de hacer mención al auténtico tour de force que acomete Alec Guinness para la ocasión, los unánimes parabienes hacia su actuación en la que interpreta hasta a ocho miembros de la familia D'Ascoyne (incluida una sufragista, un pastor y un capitán de barco inglés) refrendan el fantástico trabajo de caracterización y su capacidad de hombre-orquesta, así como destacable es también la labor de Dennis Price como el depravado, diabólico y vengativo asesino de refinadas maneras y distinguida dicción que demuestra su habilidad para despachar a sus parientes de variadas formas pero siempre con una frialdad y serenidad acongojantes. Su calculador personaje que se conduce con obstinada y aterradora determinación nos desgrana a través de su voz en off (recurso éste de la narración en primera persona que también utiliza Easton Ellis en su best-seller, por cierto, y que otorga al relato apariencia de normalidad) la, posiblemente, comedia más negra de la historia del cine. Imprescindible que usted se haga con una copia de la edición que Criterion editó hace pocos años.


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3/4/15

Yo Confieso

Un cura con pasado

I confess, Alfred Hitchcock, 1952, EEUU, Montgomery Clift, Anne Baxter, Karl Malden. 

Pues ya que en este blog se acaba de comentar una de Monty yo no voy a ser menos y aquí les traigo otra de este mito-icono sexual del Hollywú de siempre. Y es que este tío bien podría pasar por un sex-symbol de los de hoy, puede que Clark Gable parezca viejuno, las andanzas y tropelías con o sin bigotito de Errol siempre dan que hablar, el salvaje de Brando es de armas tomar, a mí Cary siempre me parecerá lo más (¡qué elegante!) pero los rasgos de Monty son los que se llevan ahora y para colmo siempre tendrá ese poso de tormento que bien le para para papeles como los de este Padre Logan, todo culpa y atado hasta decir basta a su código deontológico, "uséase" no poder propagar a los cuatro vientos lo que le han contando en confesión, aunque esto sea un asesinato. Tal es la premisa de esta película del grande entre los grandes Alfred Hitchcock que pese a no acabar muy contento de todo el meollo nos prepara un entretenimiento que bucea en sus obsesiones de siempre. Qué tío este Hitchcock que supo manipularnos como nadie. Como digo el mismo orondo realizador le comentó a Truffaut (corran a comprar ese libro mítico de entrevistas si es que no lo tienen ya) que esta película no le salió todo lo bien que quería pero aun así yo creo que la podemos salvar, claro que sí. Sus temas recurrentes aderezados con elementos religiosos a tope (bueno, uno de sus fetiche era la culpa cristiana, así que, al fin y al cabo, la cuestión religiosa siempre andaba por ahí) y una nueva demostración de formalismo cinero hacen que la salvemos.


Nótese el peso de la cuestión religiosa
Y para esta gótica película con esos contrapicados de las iglesias de Quebec y el fondo de su famoso hotel (una city que en la mejor tradición del cine negro cobija de manera retorcida los recovecos del asunto) Hitch se basa en una obrita de principios de siglo de Paul Anthelme, convenientemente adaptada con sus acostumbradas concesiones a la verosimilitud  y pone sobre el tapete lo que muchos entendidos en la materia piensan. Esto es, que estaba en plena madurez y podía conseguir momentos sublimes como el del pasaje onírico en el que el futuro cura regresa de la guerra y pasa un rato agradable con su amiga. Este pasaje de la película es toda una premonición del aura que desprende la obra maestra entre las obras maestras (para entendernos y para que quede claro hablo de Vértigo). Además, el tío consigue otros momentos logrados como el de la salida del Padre Monty tras el juicio, un hombre marcado al que seguimos en su descenso desde la sala hasta la calle y lo acompañamos en su incredulidad desconcertada ante la multitud que se apiña para condenarlo socialmente. Lástima de esa resolución con la que se da por finiquitado el asunto que queda como traída al pelo, muy melodramática ella porque antes el punto de partida, ese problema moral al que se enfrenta el párroco Monty que antepone su obligación religiosa al esclarecimiento de un asesinato, resulta sugerente. Quizá el cura esté torturado también por otros secretos inconfesables que carga en su mochila vital desde antes de ser cura pero precisamente por ser cura son inconfesables. Como esto último recuerda a los populares trabalenguas hay que decir que el sacerdote se siente culpable y guarda secreto por el juramento religioso al que se halla obligado (conocer la identidad del asesino a través del confesionario) pero también por su misma posición religiosa (la sociedad puritana no podría entender que antes de ordenarse pudiera haber tenido sus pinitos amorosos e imagínense que estos sean pinos al tratarse de ¡una mujer casada!). Total, que esto le viene como anillo al dedo al místico y atormentado Monty para lucir palmito y martirio (no me dirán que no viene bien esta película para estas fechas) y a Hitch para indagar un poquito sobre la culpa y la angustia. Pero sólo un poquito porque al final la transferencia de culpabilidad queda como inexplorada, cuando uno acaba de ver la película le parece incompleta en su tema hitckoniano en cuyo centro se halla un tipo inocente "culpable", una propuesta cercana a la posterior Falso Culpable.


Un flashback, irrealidad, escaleras, pues sí, cine negro á la Hitch
Pero ya digo que la premisa que propone un combate entre la tradición religiosa y la justicia moral (o así) junto con las multicapas con las que Hitch siempre barnizaba sus cosas, sea a nivel formal o emocional, hace que este experimento acabe siendo recomendable pese a que el famoso suspense no aparezca demasiado (sabemos desde el principio quien es el asesino, no tardamos mucho en conocer las relaciones del protagonista con la víctima). Un apunte para cinéfilos, o mejor, aquí se ponen en juego los tartufos: el cine de Hitchcock representa, sin duda, todo un universo personal en el que cada elemento que se muestra en pantalla juega un papel determinado y repensado, como lo es aquí la escena en la que el Padre Monty desayuna con sus colegas mientras la mujer del asesino sirve la mesa, pero ¿alguien sabría "disir" por lo menos dos películas de la etapa inglesa del Maestro en las que como aquí aparezcan escenas con funcionalidad dramática en las que los protagonistas desayunan? Ale, ahí queda eso.


El expresionismo y las sombras, otro ingrediente negro presente en las tribulaciones del Padre Logan.
Pues nada, ya pueden empezar a ver esta demostración de madurez de uno de los mejores directores en esto del cine, aunque sea una obra de transición por así decir pero que vale la pena por variados motivos: Por Monty, por la fotografía de Robert Burks que pasa como desapercibida para la mayoría y por la relación explícita que guarda la película con el más puro cine negro, desde su posición naturalista representada en el despacho sucio y austero del profesional policía Larrue (soberbios Karl Malden y su nariz que al igual que el cura creen firmemente en lo que hacen) hasta el fragmento onírico que refleja las pesadillas propias del género. Y, por supuesto, por Hitch, por ver una de Hitch, ese gran proyector de obsesiones que si no son colectivas casi que acaban siéndolo una vez concluye con su hábil proceso de manipulación. Puede que estemos ante el hombre que mejor ha entendido los mecanismos con los que el cine opera en la mente humana.



¿Las dos parejas de niñas más aterradoras de la Historia del cine?
Para terminar y dada la dificultad del tartufo puesto en juego así como que se han nombrado varios guapos, nos jugamos otro (un tartufo, que no es lo mismo que un guapo aunque pueda -ser que lo es- un tartufo guapo): uno de esos guapos comparte con Monty método y otra cosa más mundana o más sencilla o más de trivial, si se quiere ¿Cuál es la cosa?

Las imágenes se han encontrado tras búsqueda con Google y sólo las pongo para ilustrar la entrada, que si no queda "muu" sosa. Los derechos están reservados por quien los tenga. 

17/3/15

La Heredera


The Heiress, William Wyler, 1949, EEUU, Olivia de Havilland, Montgomery Clift, Ralph Richardson.

Esta es una de esas grandes películas de cabecera que todo buen cinéfilo que se precie debe tener. De una precisión milimétrica y un exquisito gusto la puesta en escena marca de manera indeleble esta muestra del saber hacer de William Wyler, uno de los grandes realizadores del cine clásico que supo dotar a su obra de un sello personal. El mimo en el detalle que practicaba este director y que encontraba cobijo en un carácter perfeccionista y rayano en la tiranía según algunos que tuvieron la "suerte" de trabajar con él, queda más que patente en esta recreación de la encorsetada época Victoriana que adapta una obra teatral de los propios guionistas Augustus y Ruth Goetz inspirada en la novela de Henry James, Washington Square. En definitiva, aquí tenemos cine con clase. Los quilates de esta película se pueden pesar partiendo desde la meticulosa dirección con devoción por el encuadre virtuoso o poniendo en la balanza las extraordinarias interpretaciones que justifican la fama de excelente director de actores que tenía Wyler. Merece la pena recalcar el trabajo del conjunto del elenco protagonista, desde la aclamada Olivia de Havilland (a día de hoy toda una superviviente del Hollywood Clásico) que, caracterizada de manera convincente y en pleno apogeo de su carrera, aborda con éxito su papel de reprimida y acomplejada joven solterona condenada a vivir una existencia oprimida y claustrofóbica por el carácter arrogante y autoritario de su rico progenitor. Un padre, interpretado con brillantez por el reputado actor inglés Ralph Richardson, que no duda en humillar a su hija y ejercer un control absoluto sobre su vida que termina por provocar un tenaz enfrentamiento con el pretendiente encarnado por el icono sexual Montgomery Clift en sus comienzos cinematográficos. También Clift sale bien parado con un protagonista ambiguo cuyas verdaderas intenciones nunca quedan claras, bien sea por exigencias de la casa derivadas de su condición de estrella en ciernes o por mor del dramatismo de la historia. No se puede dejar de mencionar en este reparto a la veterana Miriam Hopkins quien ejerce con gracia y oficio de locuaz casamentera, personaje que funciona como cierto aliviadero del peso dramático de la historia. Si excelentes son las actuaciones no lo es menos la inspirada partitura de Aaron Copland que se hizo con el Oscar en su categoría. No fue el único galardón con el que la Academia obsequió a esta notable película ya que fue un buen aluvión de premios el que se llevó ésta, entre ellos el de mejor película, director y actriz principal.


Un reconocimiento merecido, sin duda, puesto que a la meticulosa, detallista y precisa ejecución de la puesta en escena se une una profundidad dramática basada en la sobria construcción emocional de los personajes que dan fuste a una sinopsis que se desarrolla casi en un único escenario. Una situación a la que Wyler retornaría años más tarde en un tono menor pero igualmente recomendable, firmando algo parecido a un díptico al menos en lo que tocante a este desarrollo argumental en pocos escenarios. Es este aspecto el que nos recuerda el origen teatral de La Heredera aunque sea como fuere queda manifiesto el dominio del espacio de su director, ya con estatus de estrella y que había realizado obras de gran calado como Desengaño, otra incursión psicológica profunda, más si cabe que esta, me atrevería a decir. Estas virtudes se redondean con un diseño de producción exquisito que, por ejemplo, deja espacio para el lucimiento de las prendas de la quizá más conocida sastre de Hollwywood con permiso de Walter Plunkett, Edith Head, mujer de longeva carrera, y, por otra parte, y tratándose de Wyler, no podemos desdeñar la iluminación servida por el operador Leo Tover. En definitiva, una excelente y cuidada recreación de la rígida y amanerada sociedad de finales del XIX de la que James Ivory tomó buena nota, que destaca por ser un ejercicio de cine de calidad, sobrio y sin fisuras, y que para postre concluye con un final agridulce que deja un sabor amargo y, por lo tanto, un poso de melodrama como debe ser. Si alguna vez visita a alguien que dice ser cinéfilo y no tiene una copia de esta película en las estanterías, desconfíe.


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