...investigadores y curiosos y...fans de Luis Buñuel.
29/8/14
9/8/14
La Dama de Shanghai
The Lady from Shanghai, Orson Welles, 1947, EEUU, Orson Welles, Rita Hayworth, Everett Sloane.
Cuenta la leyenda, que todo sea dicho el mismo Orson Welles se encargó de alimentar, que estando como estaba el cineasta necesitado de fondos para sacar adelante su producción teatral de La vuelta al mundo en ochenta días decidió recurrir al preboste de la Columbia, Harry Cohn, para conseguirlos, ofreciéndole a éste como contraprestación filmar una película para su estudio. La anécdota la completa Welles, un tipo con querencia a adornar su biografía como tantos otros grandes autores y personalidades del Hollywood Clásico, añadiendo que propuso acometer un proyecto basado en una novela que escogió al azar y que descubrió en las estanterías de un quiosco cercano a la cabina desde la que mantenía la conversación con Cohn. Por cierto, que este último tras visionar la película montó en cólera y en pleno arrebato ofreció la cantidad de mil dólares a quien le consiguiera explicar el argumento. Anécdota que, más o menos exagerada, nos lanza con fuerza hacia uno de los objetos obligados cuando se referencia el cine de Orson Welles y que no es otro que el tratamiento que a sus obras se les daba en la fase de edición, pues una vez sentenciada por el poderoso productor la versión aliñada por Welles, La Dama de Shanghai es otro caso ejemplar de mutilación como demuestra que las más de dos horas y media que dejó el director montadas se redujeron hasta la escasa hora y media que constituye la duración de la versión definitiva estrenada y que conocemos hoy en día. Así pues, esa película que ideó Welles terminó irremediablemente perdida tal cual pero el resultado de los retoques, cortes, añadidos y demás suman un poderoso relato visual enmarcado en un arco argumental característico, grosso modo, del género negro y, en definitiva, el conjunto de lo que dejó el cineasta más la revisión de la sala de montaje queda como un singular y excelente ejercicio cinematográfico, una magnífica película que, por supuesto y como no podía ser de otra manera, dado su fracaso comercial y las que eran reincidentes tensiones surgidas con los productores, obligó a Orson Welles a iniciar un periplo por diferentes países europeos durante el que siempre estuvo enfrascado en pos de conseguir fondos con los que financiar sus proyectos y que tan sólo se vio interrumpido momentáneamente con su retorno profesional a los EEUU para rodar, por una parte, ese otro título mítico negro que es Sed de Mal y abordar, por la otra, una tentativa en el campo de la televisión con la producción de los respectivos episodios piloto de un par de series. Con todo el historial que atesoraba el Welles director para la industria de Hollywood, pese a haber recobrado parte de crédito con su rodaje anterior, no es de extrañar que el estreno de La Dama de Shanghai se diera antes en el Viejo Continente que en su propio país para el que tuvo que esperar cerca de año y medio y que se produjo cuando el cineasta ya había concluido el rodaje de Macbeth, su siguiente film. La peculiar singladura artística de Welles y las dificultades con las que siempre luchó en la gestación de su obra cinematográfica, cuando no directamente con la mutilación, no impiden corroborar su extraordinario talento para la creación en este y otros medios y, por supuesto, el caso que nos ocupa es paradigma de esas privilegiadas dotes.
Es cierto que en La Dama de Shanghai tropezamos con escenas que nunca debieron estar como aquellas con las que el citado patrón de la Columbia persigue un burdo intento por explotar la imagen de sofisticado símbolo sexual que poseía la estrella Rita Hayworth consolidada desde su irrupción como aquella Gilda en la película de título homónimo y que podemos rastrear en los primeros planos del rostro de la actriz mientras es doblada cantando en el barco (velero que, como curiosidad, pertenecía al mismísimo Errol Flynn en realidad), por ejemplo, pero no es menos certero asegurar que en ella también encontramos un desbordante, fascinante y, en ocasiones, delirante barroquismo visual que ahonda en la iconografía "wellesiana". Welles sigue insistiendo en las posiciones bajas de la cámara y en un uso de las luces y las sombras de cariz expresionista, entre otros elementos que se ajustan formalmente al género negro. Además, recurre a unos primeros planos de una "fisicidad" abrumadora y ubica y mueve a los personajes de modo singular, a lo que cabría añadir su propia actuación desconcertante y de aires erráticos (quizá a más de uno le recuerde a su anterior Franz Kindler), componentes todos ellos que acaban por construir una desorientadora y perturbadora historia con la que el cineasta parece ajustar cuentas con un universo dominado por la miseria moral más absoluta que aboca a sus habitantes a actuar con crueldad, aunque para ello tengan que recurrir a la traición y hasta al asesinato.
El cineasta crea una alucinante ascendencia visual que sabe aunar con la angustia vital que siempre alcanzó capturar el género negro para concebir un expresionista e inestable mundo de pesadilla por el que nos regala momentos absolutamente inolvidables como el legendario final que transcurre en la sala de espejos de una feria (homenajeado por gente tan reputada como Woody Allen), la huida del protagonista por el barrio chino de San Francisco (una urbe que, por otro lado, se presta al cine y al negro como pocas), la celebrada escena del acuario o los instantes que nos sitúan en la bahía de Sausalito, que en la actualidad parece que tampoco se libra de la voracidad urbanística tan propia de nuestros tiempos. Por no citar los primeros minutos del relato de los que el mismo Welles renegó pero que como pura serie B que son harán las delicias de más de uno, entre los que me incluyo. Instantes que brillan con luz propia en el firmamento cinematográfico de siempre y que, en consecuencia, no dejan impasible al aficionado al cine que queda anonadado por tamaña demostración. Entre medias de toda esta muestra de virtuosismo hasta el exceso el absurdo y surrealista juicio, en el que un soberbio Everett Sloane en la piel de otro rico infeliz acaba por interrogarse a sí mismo, que también nos sirve de ejemplo del tono del film, una especie de despiadada inmersión en un sueño febril al que se ve abocado un anti-héroe prototípico del género negro incapaz de asimilar, encajar y mucho menos controlar los acontecimientos que suceden a su alrededor. El corolario no podía haberlo situado Welles en un lugar más apropiado y al que, en otro orden de cosas, grandes creadores no han dudado en recurrir, un escenario rayano en lo grotesco que concluye la ficción separándose del género al que se adscribe. Y no es únicamente este final poco canónico lo que aleja La Dama de Shanghai de la puridad del negro, sino también, a lo largo del relato se han ido sucediendo enfrentamientos con las convenciones del naturalismo "hard-boiled".
Los encuadres y ángulos imposibles, la historia de cierta complicación en la que el protagonista se ve enredado en la tupida red tejida por la mujer fatal y en la que la ambición y el deseo sexual se sitúan en su vértice y que expone la ansiedad vital y la soledad del alma humana, sin embargo, sí conjugan con el género negro. A algunos la historia les parecerá intrincada y a muchos difícil de seguir pero ¿qué es si no el cine negro? Destino y deseo marcados por el fatalismo extremo quedan comprimidos aquí en forma y argumento, las posibles incoherencias narrativas quedan salvadas por la sensación de pesadilla creada que acaba por disfrazarlas con un manto de "sentido" y, si bien es cierto que la trama avanza abrupta, especialmente en la segunda mitad de la película, podemos asegurar que se desenrolla con fluidez.
El tono cuasi-surreal da cuerpo a la confusión de las imágenes y los chocantes paseos del protagonista por Acapulco (con las apariciones sin acreditar de Errol Flynn y Joseph Cotten), sea con Elsa Bannister (una Rita Hayworth que enfrenta con soltura su cambio de look y registro, despojada de su glamour y de su simbólica melena pelirroja, cortada y teñida en rubio), o sea con ese volátil y movedizo personaje que es George Grisby (un excelente y nervioso Glenn Anders, actor de fecunda carrera teatral que nunca llegó a refrendar en el cine), se deslizan hasta un paroxismo lógico representado por el veleidoso laberinto de espejos final. Podríamos decir que éste se conforma como metáfora involuntaria de la película, e incluso del conjunto de la filmografía de Welles, si asemejamos sus cristales rotos con los retazos que quedaron de la segunda. Aun así, tal es la fortaleza del genio de este cineasta que su impronta ha sobrevivido a avatares e injerencias y su constante búsqueda de expresión artística provocó que, en ocasiones, pudiera sortear las constrictivas reglas de producción de la industria del cine. Con esta deslumbrante demostración que es La Dama de Shanghai, preludio de Sed de Mal, tenemos una evidencia más del talento de Orson Welles el cual derrochó a lo largo y ancho de su filmografía, aunque ella quedara plagada de proyectos inconclusos y películas cercenadas como esta cuyo poder formal consigue que el espectador quede subyugado y atrapado en los efectos que desprenden sus imágenes.
Las imágenes y el vídeo se han encontrado tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos están reservados por sus creadores.
Es cierto que en La Dama de Shanghai tropezamos con escenas que nunca debieron estar como aquellas con las que el citado patrón de la Columbia persigue un burdo intento por explotar la imagen de sofisticado símbolo sexual que poseía la estrella Rita Hayworth consolidada desde su irrupción como aquella Gilda en la película de título homónimo y que podemos rastrear en los primeros planos del rostro de la actriz mientras es doblada cantando en el barco (velero que, como curiosidad, pertenecía al mismísimo Errol Flynn en realidad), por ejemplo, pero no es menos certero asegurar que en ella también encontramos un desbordante, fascinante y, en ocasiones, delirante barroquismo visual que ahonda en la iconografía "wellesiana". Welles sigue insistiendo en las posiciones bajas de la cámara y en un uso de las luces y las sombras de cariz expresionista, entre otros elementos que se ajustan formalmente al género negro. Además, recurre a unos primeros planos de una "fisicidad" abrumadora y ubica y mueve a los personajes de modo singular, a lo que cabría añadir su propia actuación desconcertante y de aires erráticos (quizá a más de uno le recuerde a su anterior Franz Kindler), componentes todos ellos que acaban por construir una desorientadora y perturbadora historia con la que el cineasta parece ajustar cuentas con un universo dominado por la miseria moral más absoluta que aboca a sus habitantes a actuar con crueldad, aunque para ello tengan que recurrir a la traición y hasta al asesinato.
El cineasta crea una alucinante ascendencia visual que sabe aunar con la angustia vital que siempre alcanzó capturar el género negro para concebir un expresionista e inestable mundo de pesadilla por el que nos regala momentos absolutamente inolvidables como el legendario final que transcurre en la sala de espejos de una feria (homenajeado por gente tan reputada como Woody Allen), la huida del protagonista por el barrio chino de San Francisco (una urbe que, por otro lado, se presta al cine y al negro como pocas), la celebrada escena del acuario o los instantes que nos sitúan en la bahía de Sausalito, que en la actualidad parece que tampoco se libra de la voracidad urbanística tan propia de nuestros tiempos. Por no citar los primeros minutos del relato de los que el mismo Welles renegó pero que como pura serie B que son harán las delicias de más de uno, entre los que me incluyo. Instantes que brillan con luz propia en el firmamento cinematográfico de siempre y que, en consecuencia, no dejan impasible al aficionado al cine que queda anonadado por tamaña demostración. Entre medias de toda esta muestra de virtuosismo hasta el exceso el absurdo y surrealista juicio, en el que un soberbio Everett Sloane en la piel de otro rico infeliz acaba por interrogarse a sí mismo, que también nos sirve de ejemplo del tono del film, una especie de despiadada inmersión en un sueño febril al que se ve abocado un anti-héroe prototípico del género negro incapaz de asimilar, encajar y mucho menos controlar los acontecimientos que suceden a su alrededor. El corolario no podía haberlo situado Welles en un lugar más apropiado y al que, en otro orden de cosas, grandes creadores no han dudado en recurrir, un escenario rayano en lo grotesco que concluye la ficción separándose del género al que se adscribe. Y no es únicamente este final poco canónico lo que aleja La Dama de Shanghai de la puridad del negro, sino también, a lo largo del relato se han ido sucediendo enfrentamientos con las convenciones del naturalismo "hard-boiled".
Los encuadres y ángulos imposibles, la historia de cierta complicación en la que el protagonista se ve enredado en la tupida red tejida por la mujer fatal y en la que la ambición y el deseo sexual se sitúan en su vértice y que expone la ansiedad vital y la soledad del alma humana, sin embargo, sí conjugan con el género negro. A algunos la historia les parecerá intrincada y a muchos difícil de seguir pero ¿qué es si no el cine negro? Destino y deseo marcados por el fatalismo extremo quedan comprimidos aquí en forma y argumento, las posibles incoherencias narrativas quedan salvadas por la sensación de pesadilla creada que acaba por disfrazarlas con un manto de "sentido" y, si bien es cierto que la trama avanza abrupta, especialmente en la segunda mitad de la película, podemos asegurar que se desenrolla con fluidez.
El tono cuasi-surreal da cuerpo a la confusión de las imágenes y los chocantes paseos del protagonista por Acapulco (con las apariciones sin acreditar de Errol Flynn y Joseph Cotten), sea con Elsa Bannister (una Rita Hayworth que enfrenta con soltura su cambio de look y registro, despojada de su glamour y de su simbólica melena pelirroja, cortada y teñida en rubio), o sea con ese volátil y movedizo personaje que es George Grisby (un excelente y nervioso Glenn Anders, actor de fecunda carrera teatral que nunca llegó a refrendar en el cine), se deslizan hasta un paroxismo lógico representado por el veleidoso laberinto de espejos final. Podríamos decir que éste se conforma como metáfora involuntaria de la película, e incluso del conjunto de la filmografía de Welles, si asemejamos sus cristales rotos con los retazos que quedaron de la segunda. Aun así, tal es la fortaleza del genio de este cineasta que su impronta ha sobrevivido a avatares e injerencias y su constante búsqueda de expresión artística provocó que, en ocasiones, pudiera sortear las constrictivas reglas de producción de la industria del cine. Con esta deslumbrante demostración que es La Dama de Shanghai, preludio de Sed de Mal, tenemos una evidencia más del talento de Orson Welles el cual derrochó a lo largo y ancho de su filmografía, aunque ella quedara plagada de proyectos inconclusos y películas cercenadas como esta cuyo poder formal consigue que el espectador quede subyugado y atrapado en los efectos que desprenden sus imágenes.
Las imágenes y el vídeo se han encontrado tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos están reservados por sus creadores.
20/7/14
Testigo de Cargo
Vamos con una del género de la toga que sé que muchos sois adictos y así yo sigo a lo mío, o sea, con el Dr. Wilder. Y es que esto de las películas de juicios engancha y viene de lujo para entretenerse en esta canícula con granizado en la mano (o con un poleo bien calentito en lo más crudo del frío invierno bien arropadito con la manta a cuadros que todo buen hijo de vecino tiene). La del Dr. Wilder no es una excepción y es muy resultona, la verdad. Los aficionados a esto de los juicios que también lo suelen ser al género policial ya encuentran miga en el asunto en la autora de la obra de teatro en la que se basa que es una adaptación propia de un relato corto del mismo título de Agatha Christie. Aunque, todo sea dicho, en esta exitosa y recordada versión cinematográfica destacan otras cosas y la historia queda algo tramposa aunque funciona su misterio con sus efectistas y efectivos giros que conducen a un sorprendente final. La cosa es tan fiesta sorpresa que el estudio añadió un aviso al final de la película en el que pedía a los espectadores que no se contara para no fastidiar al personal que aún no había ido a verla. El argumento de la Reina del Crimen cumple con creces como ejemplo de la clásica obra problema (¿Quién lo ha hecho?) y seguro que a los adeptos al misterio les atrapa pero el Dr. Wilder le añade sus puntos cómicos introduciendo personajes como el de la enfermera (sí, Elsa Lanchester esposa en la vida real de uno de los protagonistas, Charles Laughton*, y novia en la ficción de cierto monstruo**) y otros detalles más sutiles como el juego que da el juez, vamos, una pincelada por aquí y otra por allá, aunque tampoco se puede decir que sea algo tan personal como su Testamento.
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| Una de las más míticas entradas del "Sine mondial" |
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| Y ella nos da el juego tartufero porque ¿cuál es la película tardía del Dr. Wilder que éste quería que interpretara Marlene?*** |
| Tú desir verdad ¿Dónde estar tartufo? |
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| La lucha por los tartufos es peligrosa |
** Juego tartufero: ¿A qué entrañable monstruo me refiero y, atención porque si no se contesta esta segunda parte de la pregunta uno se queda sin tartufo, cómo se presenta en los títulos de crédito al actor que lo inmortalizó en la película de la reseña enlazada? La pista está en verde. Enhorabuena, si has contestado correctamente es posible que hayas sobrevivido al ladrillo del amigo Ca o que te hayas ahorrado su lectura tras una inteligente interpretación de la pista o que por tu útil -en todos los ámbitos de la vida- sapiencia cinera ya lo supieras y, lo que es más y muy importante, lo hayas podido demostrar. O sea, puedes degustar tu tartufo en paz.
*** Al contestar correctamente esta pregunta además de ganar un tartufo puedes demostrar tu fidelidad a este blog, con lo cual puedes ganar tres ¡sí, tres! tartufos. ¿Quién da más?
No olvidéis que los derechos de las fotos y vídeos pertenecen a sus creadores. Yo sólo las pongo para dar colorido y ambiente al blog.
¡Silencio, silencio, aquí viene su Señoría!
11/7/14
La Soga
La pretensión de acometer una especie de "obra de teatro filmada" llevada a cabo por Alfred Hitchcock, uno de los más importantes y afamados realizadores que ha dado el cine a lo largo de su historia, supuso un desbordante alarde narrativo a la par que un enorme artificio, pero ¡bendito artificio! Fue el cineasta de origen inglés un hombre siempre dispuesto a coquetear con las innovaciones del medio y con su técnica, siempre atrevido y virtuoso a la hora de rodar. Y, quizá en esta historia que adapta una obra de teatro de Patrick Hamilton (autor llevado con anterioridad al cine con gran éxito), esta querencia se haga más patente que nunca, al menos ésta puede que sea la ocasión en que queda más descubierta y ello pese a enfrentarse a alguno de sus propios principios fílmicos como le asegurara a François Truffaut en sus míticas entrevistas publicadas en libro. Desde luego, La Soga se convierte en todo un desafío técnico del que sólo alguien tan dotado cinematográficamente como Hitchcock puede salir bien librado. El tratamiento del relato en tiempo real deseado por el realizador, su intención por rodar la acción de manera continua para conseguir el efecto en el espectador de presenciar una obra de teatro es un reto importante que optó por enfrentar con el rodaje de la historia en un único plano, rehuyendo al máximo la edición. Evidentemente, sabemos que por imperativo tecnológico finalmente hubo más de un plano, incluso algunos cambios son indisimulados, pero otros son camuflados con mayor o menor acierto fundiendo en negro sobre las chaquetas que visten los personajes o sobre algún mueble de los que integran el decorado. Un interesante ejercicio para el aficionado al cine consistiría en buscar las transiciones entre los planos que componen La Soga. Sabemos también por la literatura y porque el mismo Hitchcock así se lo expresó a Truffaut que el rodaje de esta película fue una suerte de coreografía con, por un lado, un plató móvil cuyos muebles y paredes se deslizaban constantemente sobre ruedas y, por el otro, un obligatorio y escrupuloso seguimiento por los intérpretes de marcas invisibles para el espectador pero cuya función era indicar la posición en la que debían situarse en cada momento, y eso por no hablar del movimiento continuo fuera de plano del fondo de rascacielos y nubes con la finalidad de hacer notar el paso del tiempo en la acción. En suma, estamos ante todo un experimento espacial por suceder su acción en un único decorado y temporal por relatarse casi en tiempo real y, sin ningún género de duda, ante un auténtico reto profesional para cualquier cineasta. Pero que la tan reconocida y cacareada vertiente técnica no impida prestar atención a otras cosas.
Y es que estamos ante una obra que contiene elementos genuinos, aspectos característicos del cine de Hitchcock y no me refiero al juego del cineasta con su audiencia a través de sus celebrados y acostumbrados "cameos". La cualidad hitckoniana de La Soga la podemos encontrar ya en su inicio con el plano picado de la calle, por no decir nada de la historia criminal que desgrana que aún no siendo propia encuentra puntos recurrentes de la obra de su realizador que éste se encarga de redondear con su habitual negro sentido del humor (y rizando el rizo con deliciosas referencias a su obra y al mundo del cine, figuras a las que podríamos bautizar como auto-meta-cinematográficas). Anonadados por el despliegue y el atrevimiento formal muchos achacan a esta historia basada de manera lejana en el mediático asesinato perpetrado por Leopold y Loeb la independencia de la cámara respecto al arco argumental. Puede ser, pero es precisamente en esta trama en la que se pueden rastrear motivos temáticos de Hitchcock y recurrentes en su filmografía tanto anterior como posterior. El crimen perfecto, el complejo de superioridad y la culpa, el valor de la vida humana son aspectos tratados por el director en muchas de sus películas, sin más, recordemos al Tío Charlie. Y es en el estilo formal de La Soga en el que se reconocen lugares que después se perfeccionarán (La Ventana Indiscreta), otros que, como mínimo, se volverán a intentar (Atormentada), algunos pretéritos que se retoman (la unidad espacial) y ciertos casi siempre presentes (la flema del "understatement"). Hasta podríamos encontrar coincidencias formales en películas no tan personales si recordamos la escena que aparece en su desembarco en Hollywood en la que el atribulado Maxim de Winter relata con su voz fuera de campo ciertos acontecimientos vividos por su esposa mientras la cámara se mueve por la habitación siguiendo sus palabras y la que nos muestra el salón vacío en el que se ha desarrollado el cocktail de La Soga a medida que la voz out del personaje encarnado por James Stewart expone que hubiera hecho en caso de haber cometido un asesinato. O si comparamos aquella en que el amnésico John Ballantine desciende de noche unas escaleras portando en la mano una navaja de afeitar que acaba siendo realzada mediante un plano detalle con la que sucede aquí cuando el profesor y mentor de La Soga juguetea, a la par que sigue caminando, con un trozo de cuerda que porta entre sus manos en determinado instante. Para ratificar el personalismo de la obra sólo cabe recordar la técnica del estrangulamiento "tan querida" por Hitchcock como demuestra su utilización en muchas de sus películas. Reconocida por su alarde técnico, sí, pero La Soga, aunque el mismo cineasta no acabara muy satisfecho del resultado obtenido, recordemos que él mismo la definió como un truco, es una película que entronca con el espíritu del conjunto de la obra de Hitchcock, además de ser la primera para él en varios asuntos: primera producción de su compañía Transatlantic Pictures, primer esfuerzo con el color y primera colaboración con James Stewart, que aquí y dicho sea de paso, está más que correcto.
Alfred Hitchcock demuestra sus capacidades fílmicas y vuelca mucho de su talento cinematográfico en esta película pero también insiste en ella con su personal ideario y alcanza a desarrollar de manera sobresaliente una truculenta historia sobre la que se permite salpicar su siniestro sentido del humor. El "truco" de La Soga acaba conformándose como una estupenda película en la que se descubren multitud de elementos característicos de su cine, algunos más casuales como la adecuada interpretación afectada de John Dall, precursora de la de Ray Milland en la ya citada Crimen Perfecto, y otros tan virtuosos, vistosos y efectivos como el momento en el que la criada retira la improvisada mesa en la que se ha servido el bufé mientras se escucha la conversación que mantienen los comensales en fuera de campo o la misma planificación y ejecución de la película.
Las imágenes se han encontrado en la Red tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos pertenecen a sus creadores.
Y es que estamos ante una obra que contiene elementos genuinos, aspectos característicos del cine de Hitchcock y no me refiero al juego del cineasta con su audiencia a través de sus celebrados y acostumbrados "cameos". La cualidad hitckoniana de La Soga la podemos encontrar ya en su inicio con el plano picado de la calle, por no decir nada de la historia criminal que desgrana que aún no siendo propia encuentra puntos recurrentes de la obra de su realizador que éste se encarga de redondear con su habitual negro sentido del humor (y rizando el rizo con deliciosas referencias a su obra y al mundo del cine, figuras a las que podríamos bautizar como auto-meta-cinematográficas). Anonadados por el despliegue y el atrevimiento formal muchos achacan a esta historia basada de manera lejana en el mediático asesinato perpetrado por Leopold y Loeb la independencia de la cámara respecto al arco argumental. Puede ser, pero es precisamente en esta trama en la que se pueden rastrear motivos temáticos de Hitchcock y recurrentes en su filmografía tanto anterior como posterior. El crimen perfecto, el complejo de superioridad y la culpa, el valor de la vida humana son aspectos tratados por el director en muchas de sus películas, sin más, recordemos al Tío Charlie. Y es en el estilo formal de La Soga en el que se reconocen lugares que después se perfeccionarán (La Ventana Indiscreta), otros que, como mínimo, se volverán a intentar (Atormentada), algunos pretéritos que se retoman (la unidad espacial) y ciertos casi siempre presentes (la flema del "understatement"). Hasta podríamos encontrar coincidencias formales en películas no tan personales si recordamos la escena que aparece en su desembarco en Hollywood en la que el atribulado Maxim de Winter relata con su voz fuera de campo ciertos acontecimientos vividos por su esposa mientras la cámara se mueve por la habitación siguiendo sus palabras y la que nos muestra el salón vacío en el que se ha desarrollado el cocktail de La Soga a medida que la voz out del personaje encarnado por James Stewart expone que hubiera hecho en caso de haber cometido un asesinato. O si comparamos aquella en que el amnésico John Ballantine desciende de noche unas escaleras portando en la mano una navaja de afeitar que acaba siendo realzada mediante un plano detalle con la que sucede aquí cuando el profesor y mentor de La Soga juguetea, a la par que sigue caminando, con un trozo de cuerda que porta entre sus manos en determinado instante. Para ratificar el personalismo de la obra sólo cabe recordar la técnica del estrangulamiento "tan querida" por Hitchcock como demuestra su utilización en muchas de sus películas. Reconocida por su alarde técnico, sí, pero La Soga, aunque el mismo cineasta no acabara muy satisfecho del resultado obtenido, recordemos que él mismo la definió como un truco, es una película que entronca con el espíritu del conjunto de la obra de Hitchcock, además de ser la primera para él en varios asuntos: primera producción de su compañía Transatlantic Pictures, primer esfuerzo con el color y primera colaboración con James Stewart, que aquí y dicho sea de paso, está más que correcto.
Alfred Hitchcock demuestra sus capacidades fílmicas y vuelca mucho de su talento cinematográfico en esta película pero también insiste en ella con su personal ideario y alcanza a desarrollar de manera sobresaliente una truculenta historia sobre la que se permite salpicar su siniestro sentido del humor. El "truco" de La Soga acaba conformándose como una estupenda película en la que se descubren multitud de elementos característicos de su cine, algunos más casuales como la adecuada interpretación afectada de John Dall, precursora de la de Ray Milland en la ya citada Crimen Perfecto, y otros tan virtuosos, vistosos y efectivos como el momento en el que la criada retira la improvisada mesa en la que se ha servido el bufé mientras se escucha la conversación que mantienen los comensales en fuera de campo o la misma planificación y ejecución de la película.
Las imágenes se han encontrado en la Red tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos pertenecen a sus creadores.
30/6/14
Fedora
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| Fedora, Billy Wilder, Ale. Occ.-Fr, 1978, William Holden, Marthe Keller, Jose Ferrer. |
de paso recordemos su triste y crudo final en un apunte para morbosos y curiosos, lo sé). Por no decir que la melodramática historia es sólida y pese a su final forzado funciona. Ya se encarga, como tiene que ser, Miklós Rózsa de resaltar el melodrama, ya y, al final, todo consigue transmitir cierta tristeza y melancolía, emocionar y evocar, que de eso se trata. La música, la nebulosa y vaporosa atmósfera creada con la fotografía de Gerry Fisher que estaba de dulce por aquellos años, el diseño de producción del Maestro Trauner, el consistente guión del Dr. Wilder y su compinche Diamond y, por supuesto y claro está, la manera de contar la historia. Por ejemplo, el impactante final que se conoce desde el principio no es lo importante. Quien quiera poner el misterio en primer plano se aburrirá porque en otro de los muchos guiños al Hollywood Clásico que deja caer el Dr. Wilder en su testamento lo que prima es la manera de contar las cosas y cómo se va desarrollando la tragedia, una narración clásica con un aire enigmático que llega a conmover no fue suficiente a finales de los setenta para enganchar al personal que estaba por otras cosas (ale, quien quiera comprobar los estrenos de esos años que se lo curre y se lo mire por Internet, que no todo van a ser linkeos).
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| Un Vals (clásico) para una película clásica |
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| Marthe Keller pese a su controvertida actuación posa con el tartufo bajo la forma de Oscar que se gana El Testamento del Dr. Wilder. |
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| ¿Vio Michael la película y como buen cinéfilo supo apreciar sus virtudes rindiéndole tributo con su imagen? |
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| Casi veinte años después la gran Fedora confirma la amenaza de su mirada y pasa al ataque. (¿Existe Fedora? Nuevo elemento de terror, ¿será verdadera esta truculenta historia?) |
21/6/14
Río Rojo
Red River, Howard Hawks & Arthur Rosson, 1947, EEUU, John Wayne, Montgomery Clift, Joanne Dru.
La llegada del -posiblemente- realizador más versátil del Hollywood clásico al género americano por excelencia no pudo tener más resultado que un producto básico en el que confluyen elementos tipo del género en cuestión colmados de su particular idiosincrasia. Es, sin duda alguna, Howard Hawks un cineasta que casi siempre supo volcar en sus filmes sus preocupaciones vitales y su misma "filosofía de vida". Y ello, aunque rodara bajo las directrices de los estudios o se moviera por las coordenadas del cine más comercial, como bien pudiera ser el caso de esta aventura épica, todo un compendio del más genuino Western y una de las más reputadas obras que de este género se produjeron en los años cuarenta e, incluso, podríamos asegurar que a lo largo de la historia. Tomando como punto de partida la historia de Borden Chase, quien ejerce de co-guionista con Charles Schnee, Hawks despliega su estilo ágil y natural para, por un lado, narrar las peripecias de los vaqueros que conducían el ganado de Texas a Kansas después de la Guerra de Secesión, y, por el otro, sumergirse de nuevo en los valores de la lealtad, la solidaridad y el compromiso hacia un objetivo común en pos del cual el grupo deberá eludir constantes peligros y aprender a vivir con la presencia de la muerte. Si bien es en otro filme anterior cuando el tratamiento de estos aspectos alcanza cotas excelsas no es menos cierto que en esta historia de trashumancia americana Hawks insiste con meridiana claridad en ellos. Los paralelismos entre estas dos películas prosiguen si atendemos a los caracteres de los personajes centrales encarnados, allí, por Cary Grant y, aquí, por el debutante Montgomery Clift; ambos son líderes comprensivos y vivos ejemplos de ciertas cualidades necesarias para ejercer como tales, los dos, hasta cierto punto, ocultan sus sentimientos en aras de la cohesión de la comunidad (en el caso de Clift aún se añade la lealtad que le debe a su padre adoptivo, interpretado por un sobrio John Wayne, icono del vaquero en el celuloide). Dos obras que corren paralelas también en la integración del paisaje en la acción y que, asimismo, coinciden en la innecesaria inclusión desde el punto de vista dramático de la sub-trama romántica, pese a la habilidad de Hawks en dotarla de cierta complejidad en la aventura de los pilotos de aviación o de imbricarla en la narración a través de la vivencia de los mismos hechos por los dos personajes principales en la de los vaqueros.
Howard Hawks es un maestro en la acción y la aventura, un magnífico narrador de historias a las que hace fluir con enérgica naturalidad, de manera sobria, sin alharacas, siempre con sentido del humor a la hora de verter sus dinámicos ideales en su obra, un tipo que empezó desde muy pronto en el negocio del cine y que supo rentabilizar sus experiencias, aficiones e ideas personales a la hora de plasmarlas en la pantalla. Y, por supuesto, era capaz de pasar de un género a otro con pasmosa facilidad, quizá este sea uno de los motivos por el que su desembarco en el Western se desarrollara con muchas de las características del género presentes pero también con la expresión de su ideario visible. Por eso es Río Rojo prototipo máximo de una época del Western, aquella en la que ya disfruta de prestigio y en la que su complejidad dramática lo empuja hacia su madurez, pero a un mismo tiempo funciona como vehículo que le sirve a su director como medio de expresión de sus preocupaciones vitales. Y por eso, en Río Rojo, tienen cabida principios fundamentales del Western, sea de manera implícita o corpórea, tales como la venganza, la violencia del agreste y salvaje entorno, la colonización y la lucha contra los indios, la misma Guerra de Secesión o los viajes iniciáticos, junto con valores tan "hawksianos" como la camaradería, la lealtad o la profesionalidad. Western en puridad, ya desde su localización geográfica y su ubicación temporal y por interpretar acontecimientos históricos revistiéndolos de mítica (la inolvidable y reconocida secuencia de montaje que supone el pistoletazo de salida del viaje del ganado) en el que Hawks estampa su ex libris y despliega la pericia que caracteriza a su cine. Esto es Río Rojo, epítome tamizado de un género siempre presente con A o con B en el cine norteamericano y de enorme impacto en la cultura de los EUA, tanto en la génesis del sentimiento de identidad colectiva como para la adopción de patrones de comportamiento o en la creación de mitos a través de su temática que supone el encuentro de la historia con la leyenda o, en otras palabras, la interpretación legendaria o la idealización épica de hechos históricos. Un territorio acotado con rotundidad en el que Hawks palmariamente y sin disimulo absorbe maneras "fordianas" (véase el elenco de secundarios asiduos de Ford, la misma presencia de Wayne y la ideología del personaje representado por él o la mayestática constancia del paisaje) deslizando su particular visión y, ya de paso, agrietando, aunque sea levemente, las posibilidades de formación de las sociedades: el diálogo, la comprensión y la adaptación a las necesidades comunes deberían (al menos) en determinado momento copar el lugar de la fuerza y la violencia. La confrontación se sirve como preludio del choque generacional que inundaría el cine norteamericano dos décadas después y que aquí queda identificado en los rasgos del binomio John Wayne-Montgomery Clift. El primero, esa imponente presencia que inaugura una etapa en su carrera de mayor complejidad con este Tom Dunson agrio y tiránico, monomaníaco empeñado en cazar a su ballena blanca, pero cuyas motivaciones y sufrimientos el espectador conoce sin poder llegar a condenar su conducta brutal y despiadada, asiste a la rebelión del segundo, paradigma del actor herido en su interior, del ser vulnerable que expande hasta el infinito su innegable atractivo físico, pero que aquí se desenvuelve como otro tipo duro (a fin de cuentas estamos ante una película clásica de vaqueros).
Como también es cierto que estamos ante una muestra de cine comercial que impide cargar las tintas contra Dunson (tengan en cuenta que es John Wayne, toda una estrella) y condenar sus métodos expeditivos tan sintónicos con la visión que gran parte de la sociedad estadounidense tiene sobre la colonización del Oeste americano, circunstancia que afecta al componente dramático del relato, restándole fuerza, y que, posiblemente, propicia la desconcertante conclusión de éste. El extraño final feliz condiciona la virulencia de la narración pero también algunas de las distintas capas de Dunson/Wayne operan como factores que abogan por salvaguardar la imagen del actor, dificultando que otras de calado dramático y narrativo copen todo el espectro del hilo argumental y completen el perfil psicológico del personaje. Así las cosas, Hawks sí acierta en confrontar al padre y al hijo adoptivos cultivando la semilla del desencuentro a medida que aquel ejecuta actos despóticos á la Bounty pero el relato pierde intensidad con la pretendida búsqueda de venganza, que eso sí, deja la imagen antológica de Wayne avanzando entre las vacas y apartando impasible estas de su camino a manotazo limpio. Y es poco después de estallar la rebelión cuando se introduce la historia romántica que debe tener (o suele tener) el cine comercial y a la que Hawks confiere cierto empaque al, como se ha dicho antes, engastar su función dramática como paralelismo entre el pasado de los dos hombres, por una parte, y, por la otra, al rematar la historia con el inesperado desenlace que no hace sino poner de relieve, una vez más, el poder de la mujer "hawksiana". Una conclusión seguramente anticlimática, acelerada y abrupta que difiere de la novelada historia original y que pretende resolver una situación de tensión con una nota de pretendido sentido del humor. Sin duda, algo inesperado para el espectador. Y este curioso final no es el único cuerpo extraño ya que por el camino Hawks nos deja una extraña escena homoerótica con "el tiro a la lata" que protagonizan el pistolero Cherry Valance (un correcto y chulesco John Ireland) y el personaje de Clift.
No obstante lo antedicho respecto a la construcción dramática de la venganza o el arco argumental sentimental (es llamativo que las escenas protagonizadas por una dura pero entregada a su causa Joanne Dru funcionen mejor con Wayne que con Clift) lo innegable es que estamos ante una película fluida, amena y espectacular cuyas más de dos horas de duración parecen menos por condensar el espíritu épico y de aventura y desarrollar la acción mediante escenas tan impactantes y logradas como la de la estampida o la del paso del río y/o aderezando el conjunto con el asueto del humor tipificado en el magnífico desdentado Groot de ese secundario legendario que es Walter Brennan. Río Rojo es una obra comercial de éxito en su estreno y que goza de gran reconocimiento a día de hoy entre la crítica especializada, una película, en fin, que permite disfrutar del universo personal de un gran cineasta que siempre supo trasladar a cualquiera de sus filmes su sentido de la vida con una maneras nada pretenciosas. Aquí, en una aventura de inesperada modernidad -a pesar de las transparencias- que podría perfectamente pasar por uno de los productos protagonizados por Scwharzenegger o Willis -recuerden la frase que espeta en cierto momento de la acción Clift a otro vaquero sobre la taza de café que habían convenido tomar poco antes- Hawks se muestra seguro de sí mismo y demuestra su conocimiento del medio cinematográfico que le sirve para construir un relato de aventura vital y rebeldía, con acción y ritmo trepidantes y dosis de humor, espectacular en ocasiones, y natural casi siempre, entretenido y que le da para reflexionar sobre la lealtad, la amistad, el compañerismo y la unión para lograr una meta conjunta. Los amantes del cine clásico y los seguidores del Western tienen una casa de postas obligatoria en esta Río Rojo. Y qué decir de los/las fans de Clift.
Las imágenes se han encontrado en la Red tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Todos los derechos pertenecen a sus creadores.
7/6/14
Bonnie y Clyde
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| ¿Podría ser un anuncio de un refresco de Cola? ¿0 quizá de manzanas como se verá más adelante? |
¡Rat-tata-tattata-tat!¡Ratttat-tttaaatt-ta! ¡Esta es la historia de Bonnie y Clyde! Bueno, a fuer de ser sincero, algo de verdad y algo de mentirijilla nos cuentan Arthur Penn, el guapo de Warren Beatty y cía pero vaya bombazo que se apuntaron con su versión de las peripecias de la pareja de ladrones de bancos, coches y demás de la Depresión. Eran tiempos duros -como Bonnie escribía en su poema- los que les tocó vivir a la parejita y decidieron emprender una huida hacia adelante o hacia ninguna parte acabando por convertirse en otro más de los famosos enemigos públicos de aquella época. A nuestra pareja, como reza el epitafio que parece ser sugirió el mismo Clyde para su tumba (que también es la de su hermano "Buck", que pasaba por allí y se unió a las correrías de nuestro dúo junto con su señora para acabar compartiendo una morada eterna fraterna), no la hemos olvidado y hay que decir que la peliculita que traigo en esta entrada tiene algo que ver en el asunto. La visión romántica que de la pareja filmó Penn conectó con la juventud de su país de tal manera que Bonnie y Clyde pasaron a ser una especie de héroes contraculturales. Eso se llama estar en el sitio preciso y en el momento adecuado. Todo un pelotazo que costó lo suyo, pero como el guapo de Beatty que se jugaba los cuartos con su película no se arrugó e insistió e insistió para que se reestrenara, pues, eso, que se salió con la suya: re-estreno y gol. Pero no sólo en la taquilla, es que el cine de Hollywood a partir de aquí cambió y cambió. Mucha modernidad pero ahí estaban los financieros y magnates frotándose las manos porque por fin habían encontrado como hincar el diente a los contestarios jovencitos USA. Así que la Vieja Guardia tuvo que dejar paso al "Nuevo Hollywú" capitaneado por tipos como Penn que se forjan en la TV y el teatro y absorben las influencias europeas de la "Nueva Ola" y conectan con el sentimiento "anti-establishment". El ejemplo es esta producción "retro" estudiada y cuidada en su factura formal á la europea que describe a los dos proscritos de la Depresión como jóvenes rebeldes ahítos de monotonía vital y con ganas de pasárselo bien (y no trabajar, al menos eso parece con Clyde y al loro con esto porque es uno de los detalles ambiguos que van apareciendo según nuestros anti-héroes van de tropelía en tropelía); bip, chxzxbp-bip-bip: conexión juventud-Hollywood conseguida. Y ahora un interludio musical de otro dúo con otra Bonnie, todo por hacer esto más ameno y mantener al lector/a entretenido/a:
El hombre en las yemas de cuyos dedos quiere reencarnarse Woody Allen, esto es, el guapo de Beatty, hizo diana (me refiero a la hora de producir esta película) y muchas cosas cambiaron en Hollywú. Una nueva manera de hacer películas se abrió camino y ya con el código del amigo Hays de capa caída y su amansado epígono a punto de llegar el año siguiente se podían tratar tabúes como el...(sí, ¿a qué no se lo esperaban?) sexo. Y eso que aquí, al final, se suaviza la propuesta original de los guionistas que querían sumar de tres en tres, uds. ya me entienden, ¿no? Bueno, total, que sexo y rebeldía se mezclan con humor y violencia y tenemos el cóctel Bonnie y Clyde que seguro que en algún dispensario de combinados estará patentado y aparecerá en su carta, porque si nuestro dúo da nombre a cierta parafilia no veo el motivo por el que a un cocktail no se le pueda bautizar así, con su nombre, más bien me atrevería a asegurar que más de uno/una podrá confirmar su existencia en distintos lugares, en sus diferentes versiones y, si quiere, los efectos de sus efluvios.
Volviendo al tema principal, esto es, la película de Penn, el guapo de Beatty y cía, hay que pararse en la violencia que desprenden sus fotogramas tan cacareada ya desde su estreno. El delirante, impactante y notable y aclamado y polémico final con esa Danza de la Muerte que ejecutan los cuerpos ya inertes de Bonnie y Clyde no hace sino confirmar la cultura de una sociedad*, y algo así dijo el propio Penn cuando en una ocasión se le preguntó por la dosis de violencia que solían presentar sus películas**, todo un tipo que (sigo con auto-propaganda de este blog) ya había filmado un interesante e intenso drama mucho más realista que esta trova, la verdad. Y es que la idealización de los dos gánsteres es demasiado pero, mira, funcionó por esa conexión con la revolución sexual y las reivindicaciones contraculturales y creó hasta tendencias en la moda poniendo de ídem la boina de la guapísima de Faye que a mi modesto entender se sale con su Bonnie. Y, ya de paso, Michael J. Pollard también lo hace muy bien, y los malos (Denver Pyle y Dub Taylor ¿puede que estemos ante uno de los mejores castings según físico del actor y psicología del personaje?). Y ¡atención! aparece Gene Wilder en su debut cinero. ¿Los chicos? bueno, pues muy del Método, sobre todo el otro Gene.
Vamos con el humor, otro elemento que fue polémico cuando se estrenó la película. Mezclar una pizca de comedia con las fechorías de la Banda Barrow no sentó bien a más de uno por considerar que se frivolizaba el asunto y, en honor a la verdad, el ingrediente humorístico funciona a veces y en otras no (ese banjo, ese banjo). Pero el conjunto de la película es así, efectivo, correcto y hasta notable pero con deslices "tramposetes" (esa consumación, la redención de Bonnie con su voluntad de abandonar el lado oscuro, la visitita a la família que, aunque los verdaderos forajidos la hacían no creo que fuera en plan "to er mundo é güeno" y con parsimoniosa comilona -sobremesa incluida- y alguno más que no recuerdo o sí recuerdo pero por no hacerlo más largo no lo pongo) y su impacto se beneficia de la marejadilla social sesentera repleta de marchas, protestas, guerras y magnicidios. Un contenido más adulto que apela a la juventud, ese emergente nicho de mercado, ávido de moteros, festivales y graduaciones (y he aquí uno de los juegos tartuferos de esta entrada: ¿quién adivinará el título de tres películas dedicadas a estas tan dispares -en apariencia- temáticas pero que quedan unidas por su carácter contrario a la autoridad, en otras palabras, rebelde y juvenil?) junto con unos toques de esencia francesa, todo vertido en la misma marmita en la que espera un tono burlón con ketchup, algo de comentario social y un pelín de crítica de la misma especie, más idealizar a los bandoleros y encarnarlos en los más que guapos Warren y Faye, hicieron de Bonnie y Clyde héroes de la contracultura sesentera y de rebote y tras la ola neoliberal reagatatcheriana o, vaya usted a saber, por la misma naturaleza humana inclinada al souvenir y mercantileo, acaben como nuestros modernos rastros de cassettes, camisetas, plantas y piezas de menaje. De famosos a héroes populares pasando por reclamo para el mercadito de los domingos, un camino que seguro que ni Bonnie ni Clyde pudieron imaginar recorrer.
El hombre en las yemas de cuyos dedos quiere reencarnarse Woody Allen, esto es, el guapo de Beatty, hizo diana (me refiero a la hora de producir esta película) y muchas cosas cambiaron en Hollywú. Una nueva manera de hacer películas se abrió camino y ya con el código del amigo Hays de capa caída y su amansado epígono a punto de llegar el año siguiente se podían tratar tabúes como el...(sí, ¿a qué no se lo esperaban?) sexo. Y eso que aquí, al final, se suaviza la propuesta original de los guionistas que querían sumar de tres en tres, uds. ya me entienden, ¿no? Bueno, total, que sexo y rebeldía se mezclan con humor y violencia y tenemos el cóctel Bonnie y Clyde que seguro que en algún dispensario de combinados estará patentado y aparecerá en su carta, porque si nuestro dúo da nombre a cierta parafilia no veo el motivo por el que a un cocktail no se le pueda bautizar así, con su nombre, más bien me atrevería a asegurar que más de uno/una podrá confirmar su existencia en distintos lugares, en sus diferentes versiones y, si quiere, los efectos de sus efluvios.
Volviendo al tema principal, esto es, la película de Penn, el guapo de Beatty y cía, hay que pararse en la violencia que desprenden sus fotogramas tan cacareada ya desde su estreno. El delirante, impactante y notable y aclamado y polémico final con esa Danza de la Muerte que ejecutan los cuerpos ya inertes de Bonnie y Clyde no hace sino confirmar la cultura de una sociedad*, y algo así dijo el propio Penn cuando en una ocasión se le preguntó por la dosis de violencia que solían presentar sus películas**, todo un tipo que (sigo con auto-propaganda de este blog) ya había filmado un interesante e intenso drama mucho más realista que esta trova, la verdad. Y es que la idealización de los dos gánsteres es demasiado pero, mira, funcionó por esa conexión con la revolución sexual y las reivindicaciones contraculturales y creó hasta tendencias en la moda poniendo de ídem la boina de la guapísima de Faye que a mi modesto entender se sale con su Bonnie. Y, ya de paso, Michael J. Pollard también lo hace muy bien, y los malos (Denver Pyle y Dub Taylor ¿puede que estemos ante uno de los mejores castings según físico del actor y psicología del personaje?). Y ¡atención! aparece Gene Wilder en su debut cinero. ¿Los chicos? bueno, pues muy del Método, sobre todo el otro Gene.
| Soy actor ¿sabes? del Método ¿sabes? realista ¿sabes? espero dar guerra ¿sabes? |
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| Llena el depósito que vamos camino de la fama |
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| Para algunos la búsqueda del tartufo nunca puede terminar bien. |
*) Sigo haciendo auto-publicidad de este blog,
**) Ver pie de la foto del estado del coche de los forajidos reales tras la emboscada que les costó la vida (o la misma foto o este enlace)
***) Lo que da pie al segundo juego tartufero: ¿Cuáles son esas magnas y modernas influencias?
Y, para rematar una interesante información que vuelve a dar pie a un no menos interesante juego tartufero:
Las imágenes y el vídeo se han encontrado en la Red tras búsqueda con Google y se utilizan únicamente con fines de ilustración. Los derechos pertenecen a los creadores.
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