Bride of Frankenstein,
James Whale, 1935, EEUU,
Boris Karloff,
Colin Clive,
Ernest Thesiger.
Rodada cuatro años después de
Frankenstein con el mismo equipo (con la excepción de
Mae Clark, sustituida por
Valerie Hobson),
La Novia de Frankenstein es uno de los raros casos en los que la segunda parte supera al original, según opinión mayoritaria. Ejercicio personal de
James Whale cuyas reticencias a hacerse cargo del proyecto quedaron salvadas al conseguir total control sobre el proceso creativo ya que
Carl Laemmle Jr, el capo de la
Universal, estaba de vacaciones y confiaba plenamente en el director, más aún, estaba empeñado en que este film lo dirigiera el británico e incluso le autorizó a filmar cualquier otra película que quisiera bajo la protección de la productora como contraprestación a dirigir ésta.
Iniciada con un original prólogo a modo de resumen de los sucesos acaecidos en la primera entrega y que permite avanzar a la historia desde el punto en el que había finalizado la misma, la continuación del relato nos muestra a un monstruo que habla (recuperando el detalle original de la novela de
Mary W. Shelley pese a la opinión negativa al respecto del mismo
Boris Karloff) en busca de una compañera/amiga que es incapaz de encontrar en la sociedad. De nuevo el rechazo como respuesta al miedo que genera lo diferente es la moneda con la que el pueblo le paga a la criatura, nuevamente el debate sobre la influencia de la sociedad en el origen del comportamiento del monstruo, otra vez el conflicto individuo-sociedad y el conflicto moral: vemos el mundo a través de los ojos de
Frankenstein, representación del lado oscuro del ser humano. También en esta entrega asistimos a un momento de especial ternura en la relación que entabla
Frankenstein con el eremita, a su vez una descripción bellísima de la soledad. Pero sin duda lo que hace característico al filme es la exageración artificial de detalles para crear un efecto perturbador, grotesco a veces; desde la fotografía de
John Mescall (luces/sombras), los decorados de
Charles D. Hall, el laboratorio de
Kenneth Strickfaden, hasta los extraordinarios efectos especiales de
John P.Fulton y
David S. Horsely (inolvidable la escena con los homúnculos), sin olvidar el maquillaje de
Jack Pierce...todo ello estructurado dentro de la planificación de
Whale con sus encuadres imposibles y sus primeros planos barrocos, todo es una conjunción que otorga al filme un valor artístico innegable y lo convierte en una obra gótico-expresionista de extraña y poética sensibilidad.
Ni siquiera la reducción de metraje que lastra la continuidad y el conjunto de la historia puede hacernos dudar de la calidad del producto: ejercicio estético trufado con elementos de humor (un tanto desfasados en ocasiones en el personaje encarnado por
Una O'Connor) que llega a ser puro humor negro -
Pretorius cena con un ataúd como mesa en determinado momento- y que invita a la reflexión si consideramos la ingente literatura que ha provocado y las interpretaciones que en ella se han expuesto: la intolerancia expresada en la película ha sido considerada por algunos cómo crítica a la homofobia, también hay quien sostiene que la creación que persigue
Pretorius de una raza es una crítica al nazismo, sin olvidar las referencias al cristianismo que sí parecen evidentes (el pan y el vino que comparten
Frankenstein y el ermitaño, la "crucifixión" del monstruo, la melodía que tranquiliza a la fiera)...en fin, no sabemos si
Whale llegó a plantearse estos temas hasta el punto de querer llevarlos a la gran pantalla así que cada espectador debe disfrutar cómo le plazca del film.
Lo expuesto anteriormente no es óbice para constatar que el impacto visual de la obra es supremo e innegable y cómo botón de muestra de ello podemos recordar la presentación del personaje de
Pretorius: la conjunción del empleo de primeros planos físicos que recuerdan a
Dreyer y su
Pasión de Juana de Arco, de la iluminación, de los encuadres tan personales y de los efectos de sonido, en definitiva, de la utilización de las herramientas del medio para demostrar la presencia siniestra y amenazante que supone el científico encarnado por un genial
Ernest Thesiger (introducción de personaje en la que se basaron
Goscinny y
Uderzo para
El Adivino, una de las aventuras protagonizadas por
Astérix). O la irrupción del personaje de la novia (
Elsa Lanchester), uno de los personajes más magnéticos e inquietantes de la historia del cine con sus movimientos de pájaro-robot, su electrificado cabello y su vestimenta nupcial momificada, una irrupción convertida en escena imborrable de la memoria, una especie de carnavalada grotesca de alto contenido emocional cuando observamos la conducta que desprende hacia Frankenstein y los sentimientos tan humanos de éste. Pero sin duda se pueden escoger otros ejemplos de los múltiples que están presentes en la cinta.
La censura que padeció esta obra, incluso a nivel internacional, no impidió su éxito de público y de crítica: la consideración que muchos tienen de ella como la mejor película del género y las constantes revisitaciones al personaje constatan que estamos ante una película importante pese a la mencionada reducción de minutaje y el cambio de final. Sin duda la atmósfera creada por
Whale es visualmente difícil de conseguir, toda una cima artística que se constata como puro deleite para los sentidos del aficionado al cine.