29/8/14

Sólo para...(24)

...investigadores y curiosos y...fans de Luis Buñuel.

Las Hurdes (Tierra sin Pan), L. Buñuel, 1933, España.



9/8/14

La Dama de Shanghai


The Lady from Shanghai, Orson Welles, 1947, EEUU, Orson Welles, Rita Hayworth, Everett Sloane.


Cuenta la leyenda, que todo sea dicho el mismo Orson Welles se encargó de alimentar, que estando como estaba el cineasta necesitado de fondos para sacar adelante su producción teatral de La vuelta al mundo en ochenta días decidió recurrir al preboste de la Columbia, Harry Cohn, para conseguirlos, ofreciéndole a éste como contraprestación filmar una película para su estudio. La anécdota la completa Welles, un tipo con querencia a adornar su biografía como tantos otros grandes autores y personalidades del Hollywood Clásico, añadiendo que propuso acometer un proyecto basado en una novela que escogió al azar y que descubrió en las estanterías de un quiosco cercano a la cabina desde la que mantenía la conversación con Cohn. Por cierto, que este último tras visionar la película montó en cólera y en pleno arrebato ofreció la cantidad de mil dólares a quien le consiguiera explicar el argumento. Anécdota que, más o menos exagerada, nos lanza con fuerza hacia uno de los objetos obligados cuando se referencia el cine de Orson Welles y que no es otro que el tratamiento que a sus obras se les daba en la fase de edición, pues una vez sentenciada por el poderoso productor la versión aliñada por Welles, La Dama de Shanghai es otro caso ejemplar de mutilación como demuestra que las más de dos horas y media que dejó el director montadas se redujeron hasta la escasa hora y media que constituye la duración de la versión definitiva estrenada y que conocemos hoy en día. Así pues, esa película que ideó Welles terminó irremediablemente perdida tal cual pero el resultado de los retoques, cortes, añadidos y demás suman un poderoso relato visual enmarcado en un arco argumental característico, grosso modo, del género negro y, en definitiva, el conjunto de lo que dejó el cineasta más la revisión de la sala de montaje queda como un singular y excelente ejercicio cinematográfico, una magnífica película que, por supuesto y como no podía ser de otra manera, dado su fracaso comercial  y las que eran reincidentes tensiones surgidas con los productores, obligó a Orson Welles a iniciar un periplo por diferentes países europeos durante el que siempre estuvo enfrascado en pos de conseguir fondos con los que financiar sus proyectos y que tan sólo se vio interrumpido momentáneamente con su retorno profesional a los EEUU para rodar, por una parte, ese otro título mítico negro que es Sed de Mal y abordar, por la otra, una tentativa en el campo de la televisión con la producción de los respectivos episodios piloto de un par de series. Con todo el historial que atesoraba el Welles director para la industria de Hollywood, pese a haber recobrado parte de crédito con su rodaje anterior, no es de extrañar que el estreno de La Dama de Shanghai se diera antes en el Viejo Continente que en su propio país para el que tuvo que esperar cerca de año y medio y que se produjo cuando el cineasta ya había concluido el rodaje de Macbeth, su siguiente film. La peculiar singladura artística de Welles y las dificultades con las que siempre luchó en la gestación de su obra cinematográfica, cuando no directamente con la mutilación, no impiden corroborar su extraordinario talento para la creación en este y otros medios y, por supuesto, el caso que nos ocupa es paradigma de esas privilegiadas dotes.



Es cierto que en La Dama de Shanghai tropezamos con escenas que nunca debieron estar como aquellas con las que el citado patrón de la Columbia persigue un burdo intento por explotar la imagen de sofisticado símbolo sexual que poseía la estrella Rita Hayworth consolidada desde su irrupción como aquella Gilda en la película de título homónimo y que podemos rastrear en los primeros planos del rostro de la actriz mientras es doblada cantando en el barco (velero que, como curiosidad, pertenecía al mismísimo Errol Flynn en realidad), por ejemplo, pero no es menos certero asegurar que en ella también encontramos un desbordante, fascinante y, en ocasiones, delirante barroquismo visual que ahonda en la iconografía "wellesiana". Welles sigue insistiendo en las posiciones bajas de la cámara y en un uso de las luces y las sombras de cariz expresionista, entre otros elementos que se ajustan formalmente al género negro. Además, recurre a unos primeros planos de una "fisicidad" abrumadora y ubica y mueve a los personajes de modo singular, a lo que cabría añadir su propia actuación desconcertante y de aires erráticos (quizá a más de uno le recuerde a su anterior Franz Kindler), componentes todos ellos que acaban por construir una desorientadora y perturbadora historia con la que el cineasta parece ajustar cuentas con un universo dominado por la miseria moral más absoluta que aboca a sus habitantes a actuar con crueldad, aunque para ello tengan que recurrir a la traición y hasta al asesinato.


El cineasta crea una alucinante ascendencia visual que sabe aunar con la angustia vital que siempre supo capturar el género negro para concebir un expresionista e inestable mundo de pesadilla por el que nos regala momentos absolutamente inolvidables como el legendario final que transcurre en la sala de espejos de una feria (homenajeado por gente tan reputada como Woody Allen), la huida del protagonista por el barrio chino de San Francisco (una urbe que, por otro lado, se presta al cine y al negro como pocas), la celebrada escena del acuario o los instantes que nos sitúan en la bahía de Sausalito, que en la actualidad parece que tampoco se libra de la voracidad urbanística tan propia de nuestros tiempos. Por no citar los primeros minutos del relato de los que el mismo Welles renegó pero que como pura serie B que son harán las delicias de más de uno, entre los que me incluyo. Instantes que brillan con luz propia en el firmamento cinematográfico de siempre y que, en consecuencia, no dejan impasible al aficionado al cine que queda anonadado por tamaña demostración. Entre medias de todo esta muestra de virtuosismo hasta el exceso el absurdo y surrealista juicio, en el que un soberbio Everett Sloane en la piel de otro rico infeliz acaba por interrogarse a sí mismo, que también nos sirve de ejemplo del tono del film, una especie de despiadada inmersión en un sueño febril al que se ve abocado un anti-héroe prototípico del género negro incapaz de asimilar, encajar y mucho menos controlar los acontecimientos que suceden a su alrededor. El corolario no podía haberlo situado Welles en un lugar más apropiado y al que, en otro orden de cosas, grandes creadores no han dudado en recurrir, un escenario rayano en lo grotesco que concluye la ficción separándose del género al que se adscribe. Y no es únicamente este final poco canónico lo que aleja La Dama de Shanghai de la puridad del negro, sino también, a lo largo del relato se han ido sucediendo enfrentamientos con las convenciones del naturalismo "hard-boiled". 


Los encuadres y ángulos imposibles, la historia de cierta complicación en la que el protagonista se ve enredado en la tupida red tejida por la mujer fatal y en la que la ambición y el deseo sexual se sitúan en su vértice y que expone la ansiedad vital y la soledad del alma humana, sin embargo, sí conjugan con el género negro. A algunos la historia les parecerá intrincada y a muchos difícil de seguir pero ¿qué es si no el cine negro? Destino y deseo marcados por el fatalismo extremo quedan comprimidos aquí en forma y argumento, las posibles incoherencias narrativas quedan salvadas por la sensación de pesadilla creada que acaba por disfrazarlas con un manto de "sentido" y, si bien es cierto que la trama avanza abrupta, especialmente en la segunda mitad de la película, podemos asegurar que se desenrolla con fluidez.

El tono cuasi-surreal da cuerpo a la confusión de las imágenes y los chocantes paseos del protagonista por Acapulco (con las apariciones sin acreditar de Errol Flynn y Joseph Cotten), sea con Elsa Bannister (una Rita Hayworth que enfrenta con soltura su cambio de look y registro, despojada de su glamour y de su simbólica melena pelirroja, cortada y teñida en rubio), o sea con ese volátil y movedizo personaje que es George Grisby (un excelente y nervioso Glenn Anders, actor de fecunda carrera teatral que nunca llegó a refrendar en el cine), se deslizan hasta un paroxismo lógico representado por el veleidoso laberinto de espejos final. Podríamos decir que éste se conforma como metáfora involuntaria de la película, e incluso del conjunto de la filmografía de Welles, si asemejamos sus cristales rotos con los retazos que quedaron de la segunda. Aun así, tal es la fortaleza del genio de este cineasta que su impronta ha sobrevivido a avatares e injerencias y su constante búsqueda de expresión artística provocó que, en ocasiones, pudiera sortear las constrictivas reglas de producción de la industria del cine. Con esta deslumbrante demostración que es La Dama de Shanghai, preludio de Sed de Mal, tenemos una evidencia más del talento de Orson Welles el cual derrochó a lo largo y ancho de su filmografía, aunque ella quedara plagada de proyectos inconclusos y películas cercenadas como esta cuyo poder formal consigue que el espectador quede subyugado y atrapado en los efectos que desprenden sus imágenes.



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