24/8/13

15/8/13

¡Qué Bello es Vivir!


It' s A Wonderful Life, Frank Capra, 1946, EEUU, James Stewart, Donna Reed, Lionel Barrymore.

Convertido en uno de los mayores clásicos navideños para la cultura occidental el retorno, una vez concluida la II Guerra Mundial durante la que estuvo dedicado a la realización de documentales de propaganda para el gobierno de su país, al cine comercial del director por antonomasia de la Depresión estadounidense, Frank Capra, no supuso para él mismo mantener la aceptación popular de la que gozaba en aquel período entre el nuevo público de la posguerra. Otrora trobador del "modus vivendi" del americano medio y de sus anhelos y esperanzas, el cineasta de origen italiano intenta recuperar su lugar con una obra muy personal en la que abunda en los acostumbrados elementos de su discurso sociopolítico. La inevitable pérdida de la inocencia de la audiencia de su país hace que germinen otros ciclos y la factura ideológica de ¡Qué bello es Vivir! tiene un aroma al pasado reciente constituyendo un epílogo fantástico (por aquello del elemento sobrenatural) a la capriana Trilogía Americana. Su relativo fracaso comercial inicial, propiciado por unos elevados costes de producción,  no le impidió ser nominada en distintas categorías en una ceremonia de los Oscar en la que el drama social de los veteranos de guerra firmado por William Wyler arrasó, consiguiendo un buen número de las estatuillas puestas en liza. Una obra que se demuestra en sintonía con el contexto social e histórico de producción, mucho más que la de Capra. Sin embargo, ésta goza hoy en día de un prestigio singular y ha conseguido una tasa de penetración en la cultura popular de enorme impacto. Y Capra vivió para ver como su criatura, aquella en la que volcó su ideario de manera tan personal, se convertía en el clásico navideño por excelencia, con permiso de la Canción de Navidad de Dickens, gracias a las perennes emisiones que desde mediados de los años setenta comenzaron a proliferar, tras un lío con los derechos sobre la película, en los canales de televisión de los EEUU, primero, y casi que mundiales, después. Y es que la pequeña pantalla, otrora feroz contendiente de Hollywood, podía ser una buena amiga. En fin, que la fábula de los buenos sentimientos, optimismo e ilusión con la que Capra nos deleita pulsa como es costumbre el resorte sensible y acaba formando parte del paisaje de la Natividad aunque aniquilara la posibilidad de colmar las pretensiones de total independencia artística con las que el cineasta deseaba proseguir su carrera profesional. Para ello fundó su propia compañía, Liberty Films, a la que se unieron poco después el ya citado William Wyler y George Stevens y que acabó siendo comprada por la Paramount tras una corta y poco fructífera, desde el punto de vista del balance, aventura.

Tomando como excusa para articular su visión social y política un cuento de Van Doren Stern Frank Capra demuestra su dominio del medio cinematográfico y su habilidad narrativa para desplegar un relato de sentimientos navideños y defensa de los valores familiares sin olvidar la loa de la titularidad sobre la propia casa. Un producto elaborado desde los parámetros del clasicismo que conjuga drama y comedia con ritmo alto, transmite emoción y resulta entrañable, independientemente de su mensaje. Un proyecto que lejos de cuestionarse el modelo social descubre la bondad natural del ser humano y la importancia del ser individual retratado como ciudadano corriente que se conduce por un idealismo en el que caben los rectos principios morales de la honradez, integridad y solidaridad. De nuevo en una película de Capra un héroe sencillo cuyo origen radica en una pequeña comunidad es el vehículo de afirmación del valor de la libertad individual. La lucha diaria del héroe anónimo se persona en el George Bailey incorporado con suma eficacia por James Stewart y desglosa los sueños del ser humano medio, sus intereses e inquietudes. La batalla que libra frente al poderoso, un notable Lionel Barrymore con reminiscencias del Scrooge "dickensiano", amplifica los efectos navideños de la fábula y atisba ciertas nubes en el mundo optimista "capriano". Nada que no se pueda solucionar con la conclusión colectiva tan propia de este director, un clímax emotivo que pone de manifiesto su destreza en la ejecución de este tipo de escenas.


Puede que Frank Capra nunca fuera más que aquí el director de la ilusión y las buenas intenciones pero ¡Qué bello es Vivir! cuenta con buenos diálogos, avanza a buen ritmo y, desde luego, vuelve a demostrar con su estilo efectivo, que logra combinar dosis de humor con exacerbada emotividad, que su alma máter sabe de que va esto del cine y que teclas pulsar para lanzar su mensaje de lucha y sacrificio tan acorde con la anterior Gran Depresión. En un clima de posguerra con una sociedad más madura quizá el ideario "capriano" quedara desfasado aunque quién lo diría con la que ha caído con el tema de las hipotecas subprime y su reguero de víctimas anónimas. Sea como fuere, uno de los cineastas más controvertidos de la historia consigue una película entretenida que, casi por obligación, es ideal para el período más familiar del año. Creo que quien no lo conozca se hace una idea de lo que le espera en este clásico popular del que prácticamente está todo dicho. El apunte fantástico que supone un viraje hacia la pesadilla, elemento central del cuento original de inspiración "dickensiana", podría servir como piedra de toque pero en manos del bueno de Capra no es la exploración del alma humana que podría ser y otra potencial lectura queda relegada para otra ocasión que, por otra parte, tampoco se encuentra en producciones más recientes como Un Destino de Ida y Vuelta (1990). Una fábula, la de Van Doren Stern, que entusiasmó al mismísimo Cary Grant hasta el punto de convencer para comprar los derechos a los ejecutivos de la RKO con el fin de desarrollar un proyecto que quedó en estado embrionario. Por cierto, Grant un actor al que el Maestro Hitchcock supo encontrarle su lado oscuro al igual que hiciera con James Stewart, el protagonista de esta aventura que corteja de manera parecida a su interés romántico a como hiciera en otros intentos. Sin duda, la concepción de intérpretes y personajes de Capra es más plana y unidimensional y ¡Qué bello es Vivir! continua desgranando su ideario con fluidez cristalina pese a introducir algunas sombras en la vida cotidiana del americano medio. Pero, indudablemente, es un ejercicio de buen cine apreciado y cercano al que vale la pena visitar y del que muchos son incapaces de escapar sin derramar alguna lágrima que otra y del que otros tantos son incapaces de imaginarse a un actor de fisonomía más indicada que la de Henry Travers para personificar al bondadoso e inocente ángel de segunda empeñado en ayudar al héroe y explicarle que la riqueza de un hombre se puede medir de otras maneras. Un mensajero celestial mucho más complaciente que otros, pero bueno, este es otro detalle sintónico con la idiosincrasia de Frank Capra y otro elemento que posibilita colegir que ésta es una obra muy personal del polémico realizador, para bien o para mal.


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3/8/13

Las Aventuras de Simbad


Captain Sindbad, Byron Haskin, 1963, EEUU/Alemania, Guy Williams, Heidi Brühl, Pedro Armendáriz.

A rebufo del incomparable trabajo del recientemente fallecido genio de los efectos especiales Ray Harryhausen y siguiendo la estela que dejó encontramos esta coproducción germanoestadounidense de los hermanos King (clan familiar que también estuvo detrás de ese sensacional ejercicio de cine negro que es El Demonio de Las Armas), rodada en el país europeo y distribuida por la MGM, que no pasa de ser un entretenido aunque naif tebeo de aventuras inscritas en la línea de la fantasía oriental. Una nueva aproximación al personaje de Simbad (notese la diferencia en la escritura del título original que añade en el nombre del famoso marino la grafía n) que aparece en la célebre colección de cuentos del Oriente Medio, Las Mil y Una Noches, mil y una veces adaptado al cine y a la televisión. Un personaje, en fin, ya trabajado en varias ocasiones (sin ir más lejos se puede citar la encarnación que de él hizo década y media antes Douglas Fairbanks, hijo, en Simbad, El Marino) y que de la mano de Harryhausen (Simbad y La Princesa, 1958) vio como se expandían sus posibilidades cinematográficas.


El camino abierto por el mago de los FX,  cuya pérdida irreparable casi ha coincidido en el tiempo con la de otra figura legendaria en el campo de la ciencia-ficción, es explorado en esta ocasión con un tono de lujo barato en su ambientación que demuestra un presupuesto ajustado, el cual queda más patente, si cabe, en algunos momentos que invitarán al sonrojo a la audiencia  acostumbrada a los estándares actuales de efectos generados por ordenador. En este sentido, la película demanda al espectador un esfuerzo pese a contar en su apartado técnico con gente reputada como Tom Howard, ganador de un Oscar por su labor en los efectos especiales de Pulgarcito (El Pequeño Gigante), producción de 1958. O, a pesar de contar con la dirección de un experto en este ámbito como Byron Haskin, quien se encargó de este aspecto en obras como Los Violentos Años Veinte, El Último Refugio o Arsénico por Compasión y quien logra manejarse con soltura para privilegiar la la acción y la aventura sobre cualquier otro elemento dramático, entrar en materia con frenesí y encadenar las múltiples situaciones que plantea el libreto de Harry Relis (pseudónimo de Guy Endore) y Samuel B. West (Ian McLellan Hunter, también relacionado con las listas negras como el anterior) con dinámico pulso narrativo. Haskin, realizador recordado, fundamentalmente, por la primera versión cinematográfica de La Guerra de Los Mundos, rodada bajo la batuta de George Pal, y por el clásico de aventuras Cuando Ruge La Marabunta, se demuestra como especialista en éste último género con estas peripecias de Simbad y confirma su filmografía digna de curiosear para el aficionado de la Sci-Fi, ahí queda eso. Desde luego, el nivel de los efectos especiales, elemento por el que se apuesta de manera clara en esta producción, queda por debajo de la autoridad de Harryhausen y, aunque muchos de los trucos queden en evidencia para muchos, otros continúan resultando eficaces a día de hoy e, incluso, se permiten introducir dosis de humor tan propias de las cintas de aventuras o acción modernas. No obstante, la sucesión de situaciones hilvanadas sin solución de continuidad por Haskin capturan la esencia del género y puntualmente transportan al espectador hacia el exotismo propio del mismo a través de duelos a espada, encuentros con monstruos gigantes y transformaciones mágicas, arropado todo ello con una imponente partitura de Michel Michelet. El espectador de mirada abierta sabrá dejarse llevar por el espíritu de la aventura y tratará con indulgencia algunas ilusiones envejecidas, disfrutando así de una película cuya intención es la de entretener y que se despliega con buen ritmo.


Es cierto que esta aventura internacional en tonos pastel no es la más recordada de las protagonizadas por el icónico personaje de Simbad, uno de esos casos de apropiación cultural cuya lectura occidental guarda escasa relación con el original y que aquí es encarnado por el resultón Guy Williams (antiguo modelo más conocido por sus roles televisivos al que, por una parte, da réplica con "look sesentero" la sosa Heidi Brühl, representante de Alemania en el festival de Eurovisión, por cierto tampoco con mucho éxito, y, por la otra, queda eclipsado por la composición de Pedro Arméndariz como el déspota villano de la función), también es verdad que el exotismo desplegado no alcanza en su conjunto para que el espectador emprenda el viaje hacia un mundo de fantasía plenamente original y/o emocional, siendo bastante plana en este sentido la propuesta pero su innegable velocidad y sus bondadosas intenciones y alguna que otra aportación como el curioso número de ballet introducido, el giro de cabeza que sufre un protagonista, digno de ser comparado con otro terrorífico y mucho más famoso, o el mismo argumento en el que un malvado sátrapa esconde su pérfido corazón en una torre que el héroe debe asaltar, la hacen merecedora de una oportunidad.

Otrosí sería abrir un debate sobre esta incursión en el género de aventuras y su posible éxito comercial en nuestra sociedad contemporánea. Acostumbrada a unos trucajes bien diferentes una mayoría del público actual puede considerar vetusta la película quedando el resultado como arcaico y apenas entretenido. Para el sujeto con mayor facilidad para la imaginación será menos gravoso entrar en la rápida dinámica desarrollada y podrá abstraerse de ciertos elementos sobre los que los propios hermanos King ponen énfasis, sin duda persiguiendo rédito comercial. Pero donde debemos centrar el diálogo es en la capacidad actual de los niños en disfrutar de tebeos de aventuras o en proyectos de animación más clásicos, sería una lástima que se contagiara a ellos la acción de acorralar e intimidar a la imaginación y a su hermana la creatividad que parece esconder la, a veces, tan manida frase "esa película es antigua" y que puede se encuentre detrás de la crítica a la "visibilidad" de los efectos especiales. En las espectaculares producciones del siglo XXI el público asiste a un despliegue de artificio siendo consciente de su irrealidad, simplemente con el propósito de disfrutar de su excelencia, la aventura dramática y el desafío al que el héroe se enfrenta son secundarios, meros pretextos, no existe el principio de suspensión de la incredulidad. En los trabajos de Harryhausen y compañía, por contra, los trucos se insertan con naturalidad en un mundo de fantasía y aventura mágica que quizá sea necesario proteger o alimentar. Como se pone de manifiesto al hilo de esta cinta de aventuras orientales que aprueba su cometido de entretenimiento, eso sí, sin alarde o alharaca alguna, podemos plantearnos otras cuestiones de enjundia.


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